Una de las preguntas frecuentes cuando iniciamos una conversación es preguntando: ¿Qué tal el fin de semana? ¿Qué vas a hacer este fin de semana? ¿Qué tienes pensado hacer para este fin de semana? Hacemos referencias, a esos días dedicados más al ocio, tenemos más tiempo libre o a realizar otras actividades diferentes, que normalmente no practicamos entre semana. Dentro del fin de semana, existe un día que es festivo por antonomasia. Ese día es el Domingo. Es, en este día donde pretendo detenerme.
Si hacemos, la misma pregunta, a un cristiano, podemos deducir que uno de sus planes del fin de semana será, el de ir a escuchar la Santa Misa, en el día del Domingo. Este día, acudimos a la celebración Eucarística porque es el día que la Iglesia señala como precepto de asistir a la Santa Misa, de juntarnos con los hermanos, y sobre todo, conmemoramos la Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo, como un eco de la noche Santa de la Vigilia Pascual que se prolonga a lo largo de todas las semanas, de nuestro Ciclo Litúrgico. Por ello, es la razón del porqué la Iglesia en su inmensa sabiduría recoge en sus mandamientos el deber de acudir a la Santa Misa, para que no se nos olvide, que Cristo venció a la Muerte y vive, en los cielos, como usted y como yo. De hecho, lapalabra Domingo, si la analizamos etimológicamente, procede del latín “diesDominicus” que significa día del Señor. Es decir, hasta la misma palabra Domingo indica que es el día de Dios y, dedicado, por y para Él.
En cambio, este Domingo no será uno cualquiera. No porqué los demás Domingos carezcan de importancia, sino porque en este día vamos a vivir los misterios de Nuestro Señor Jesucristo, como se diría en lenguaje informático, en formato Zip, es decir, comprimido. Este hecho, no se da todos los años, sino tan solo, en aquellos que el día 24 de Diciembre coincide en que sea Domingo.
En un primer momento, nos disponemos a celebrar el IV Domingo de Adviento. Un tiempo litúrgico, que ha estado marcado para prepararnos para celebrar la Navidad. Un tiempo de espera, de esperanza, de alegría contenida, de pedirle a Dios que venga, que habite en nuestras vidas, de ilusión, de expectativas en lo espiritual y mirando en todo momento a dos figuras que han sido claves en estos días; San Juan el Bautista y a la Santísima Madre de Dios, María.
San Juan el Bautista, es aquel que preparó al pueblo de Israel para la llegada inminente del Mesías, considerado como el último profeta del antiguo Israel. ¡Cuánto tiempo esperó este pueblo! ¡Cuánto padeció el Pueblo elegido por Dios! Este Adviento, que llega a su final, ha tenido que ser una preparación, tanto interna como externa de la Venida de Dios. Al igual, que San Juan el Bautista preparó los caminos del Señor al Pueblo del Israel, para ello este tiempo litúrgico del Adviento, para prepararnos en nuestra alma para la llegada del Señor.
De repente, e inesperadamente, caerá la noche, y con ella vendrá la oscuridad. Pero, podremos encontrar a un gran cirio en la Santísima Madre de Dios. La Santa entre las Santas nos iluminará porque se dispondrá a dar a luz, valga la redundancia a la Luz del Mundo. Como el día de la Noche Santa de la Vigilia Pascual, el cirio pascual ilumina, el interior del templo en oscuridad, en la liturgia de ese día, de la Vigilia Pascual, así también, en el Día Santo de la Nochebuena, la Bendita Madre de Dios, nuestro cirio de la Navidad, nos entregará la llama, el calor y la luz de Nuestro Señor Jesucristo.
Y así habrá comenzado la Navidad…Y todo en el día del Domingo.





