Cuentan las crónicas de antaño que un alcalde de esta bendita ciudad, allá por el primer tercio del pasado siglo, decidió contratar a la orquesta más famosa en la España del momento, para ofrecer un concierto en la feria de Nuestra Señora de la Salud. Llegada la fecha signada para la actuación, el pobre alcalde era un poema llorando su pena por los rincones. El concierto había sido un rotundo fracaso de público. Se devanaba los sesos buscando una explicación para aquel fiasco. La respuesta a sus preguntas vino de la mano del secretario general de la corporación quien, con no poca sorna, le espetó al primer edil: “¡Ya se lo dije, Sr. Alcalde, en Córdoba, cueste lo que cueste… ha de ser gratis!”
Esta anécdota viene a cuento de una conversación mantenida hace un tiempo con un cordobés, cofrade de una de las hermandades más señeras de la ciudad de la Giralda. El hombre se rasgaba las vestiduras ante el hecho de nuestra Agrupación decidiera cerrar la carrera oficial a quienes no ocuparan palcos o sillas. Curiosamente, cuando le respondí que la idea era igual a lo que se hace en Sevilla, el buen señor decía que no era lo mismo, aunque no fue capaz de darme una explicación mínimamente lógica. Reconozco que su queja no deja de recoger el sentir de la mayoría de nuestros conciudadanos, acostumbrados a “participar activamente” en todos los eventos que se organizan en la ciudad, pero, eso sí, mirando desde las aceras mientras comen kilos y kilos de frutos secos, en general, y pipas de girasol en particular, Da igual lo que sea. A este respecto recuerdo otra anécdota que me contaba un amigo que, por entonces, trabajaba en el departamento de promociones del periódico decano de la prensa local. Contaba que, en un reparto gratuito de trozos de pastel cordobés y chupitos de anís, una señora había aguardado su turno hasta en siete ocasiones, para degustar otras tantas porciones de pastel, con sus correspondientes chiringos de aguardiente.
Para esta inmensa mayoría de “voyeurs”, si nosotros los cofrades ocupamos la vía pública con nuestros cortejos, ellos se consideran con el derecho a situarse en el lugar que mejor les convenga, incluida la carrera oficial. Junto a este numeroso grupo de mirones profesionales, aparecen los defensores de lo público, los que, utilizando una demagogia a prueba de bombas, exigen conciliar su derecho al descanso y no sé cuántas cosas más, cuando se trata de utilizar la vía pública para manifestaciones cofrades; sin embargo, esos mismo que reclaman que las cofradías abonen tasas e impuestos para el uso de la calle, callan “como puertas” cuando se trata de organizar protestas políticas, normalmente, de escasa o nula repercusión, incluso, entre los que son de su propia cuerda. La cuestión siempre es la misma, si la cosa huele a incienso, se ponen todas las trabas posibles y se exige que todo ha de ser gratis. Para lo demás, para eso está “papá estado”, para financiarlo todo. Eso es lo que, en mi humilde opinión, denomino “franquismo sociológico”, de honda raigambre en nuestra sociedad del bienestar, donde estamos acostumbrados a escuchar numerosas expresiones que siempre comienzan con la expresión “que me den…” o “yo tengo derecho a…”.
Para estos ciudadanos a los que se les llena la boca hablando de “privatización de lo público”, como si ello fuera tan fácil, es incomprensible que, por motivos de seguridad y para facilitar el tránsito de vecinos y clientes, se tenga que dejar un espacio de 1,80 metros detrás de los palcos y las sillas y que se pongan vallas que, a la vez de impedir la visión directa, evitan embotellamientos y situaciones de eventual riesgo para la integridad física de la población.
Foto: Paco Román
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