Reflexiones heterodoxas | ¿Perdir perdón… quién a quién?

El pasado viernes 31 de octubre, fecha en la que se celebra ese engendro demoníaco conocido como Halloween, los españoles de bien quedamos horrorizados por las palabras de nuestro ministro de Asuntos Exteriores, el Sr. Albares en las que afirmaba que España había causado
«dolor e injusticia» a los pueblos originarios del actual México, a los que se habría «tratado injustamente y justo es reconocerlo hoy y justo es lamentarlo, porque esa es parte de nuestra historia compartida y no podemos negarla ni olvidarla…». Unas declaraciones que se han producido después de la lectura de una carta redactada por la presidenta azteca, Claudia Sheinbaum, en la que, entre otras lindezas, la pupila de López Obrador afirmaba que «La conquista no fue un encuentro entre iguales, fue un proceso brutal de violencia, imposición y despojo. Se intentó destruir no solo territorios, sino culturas enteras…». Ciertamente, el relato de la prócer anahuacacense denotan un grado altísimo de ignorancia de la verdad histórica, amén de un sectarismo rayano en la obscenidad más absoluta, calificativos que bien pueden adjudicarse al máximo representante de nuestra diplomacia y al conjunto de analfabetos funcionales del gobierno en el que se integra. En primer lugar, porque desde los albores mismos de la conquista, los españoles de entonces, comenzaron un proceso de mestizaje que dará como resultado lo que es la América hispana, que no latina, de la actualidad. Sin ir más lejos, baste señalar la relación amorosa de Cortés con la Malinche, india madre de Martín Cortés, considerado como uno de los primeros mestizos de la conquista. O los apellidos del mentor de la Sra. Sheinbaum, que son más españoles que la tortilla de patatas, la paella o el jamón ibérico.

Nuevas Leyes de Indias publicadas en 1542. Archivo de Francisco Román Morales

Pero vayamos por partes. Desde el primer momento y con la finalidad de evitar abusos, que los hubo, a qué negarlo, ya la reina Isabel la Católica prohibió la esclavización de las poblaciones conquistadas, que adquirieron
la condición de vasallos en las mismas condiciones que los españoles. Muy poco tiempo después, entre 1512 y 1513, son promulgadas las Leyes de Burgos, por las que se creaban las encomiendas con tres objetivos muy definidos: respetar la condición de vasallos, que no esclavos, del rey de España de la población indígena; su evangelización, que corría a cargo de los encomenderos y poner en producción las tierras colonizadas. Es verdad que esta figura jurídica no produjo los resultados perseguidos, pero constituyó un primer antecedente de lo que luego se ha dado en llamar ‘Derecho Internacional’. A título anecdótico, hemos de recordar que el mismísimo fray Bartolomé de las Casas, uno de los causantes, junto con Francisco de Vitoria y Domingo de Soto, de la Leyenda Negra que luego se encargaron de propagar y magnificar ingleses, holandeses y franceses, fue encomendero y bien que luchó por conseguir honores y riquezas, aunque en sus escritos puso en solfa el sistema de la encomienda y trató de abolirla. Por fin, el 20 de noviembre de 1542, ¡qué día más curioso!, se publican en Barcelona las ‘Leyes y ordenanzas nuevamente hechas por su magestad para la gobernación de las Indias y buen tratamiento y conservación de los indios’. Como podemos comprobar, antes de la conquista del territorio azteca liderada por Hernán Cortés, que tiene lugar entre 1519 y 1521, ya había un cuerpo legal que pretendía la defensa a ultranza de la población originaria como se dice ahora. Pero, es más, el triunfo de Cortés sobre el imperio Mexicali, que concluye con el asalto final y la toma de la ciudad de México- Tenochtitlan, el 13 de agosto de 1521, no habría sido posible sin el concurso de los pueblos Totonaca, Tlaxcalteca, Huejotzinga, Cholulteca, Chichimeca, Chalcas, Mixteco, Zapoteca y otros que constituían el 99% del total de cien mil combatientes comandados por Cortés, todos artos del yugo de Moctezuma, pues su participación resultó crucial para el éxito de la conquista y para la posterior colonización de la región. Llegados a este punto, hemos de recordar algo fundamental que los defensores de la Leyenda Negra y la
izquierda caviar que, a toda costa, trata de imponernos su revisionismo histórico y sus arcadias felices de época prehispánica: Los españoles llegaron para sustituir los sacrificios humanos, los Mexicas llegaron a sacrificar y devorar hasta cincuenta mil prisioneros en un año, por el mensaje de amor que ofrece el crucifijo. Con todas las luces y sombras que también se produjeron. Sólo un par de detalles: para favorecer la evangelización, en 1547, el fraile franciscano Andrés de Olmos compila la primera gramática escrita de una lengua indígena americana, fue el ‘Arte de la lengua Mexicana’, fundamental para la enseñanza del náhuatl, lengua de los mexicas, estando considerada como la primera gramática publicada de una lengua indígena en América, la primera gramática inglesa fue escrita en 1586.

Gran pirámide del Sol en Teotihuacán, escenario de miles de sacrificios rituales. Archivo de Francisco Román Morales

Durante la colonización de América, la universidad se introdujo en el Nuevo Mundo de las manos de los dominicos, quienes fundan en 1538, en la República Dominicana, la Universidad Santo Tomás de Aquino. A partir de este momento, la corona española funda un total de veintisiete universidades y numerosos colegios virreinales repartidos por todo el continente americano. Son cinco las ciudades coloniales designadas ‘Patrimonio de la Humanidad’, dos de ellas en México, país que cuenta con treinta y tres catedrales, las más importantes, fundadas en el siglo XVI, son las de Mérida, Ciudad de México, Puebla y Guadalajara. Todo un dislate si creemos de forma absurda que los españoles fueron a América con la simple y llana intención de arramblar con cuantas riquezas se encontraran por delante, cuando el objetivo fue, desde el principio, de llegar para quedarse. Otro sí ocurre con las pandemias llevadas a América. Cuando se declara la primera epidemia de viruela, lo primero que hace Cortés es confinar a la población, la misma medida que adoptaron con nosotros cinco siglos después con el COVID. A continuación, siguiendo el ‘instinto genocida’ de los españoles, mandó construir un hospital. Podemos concluir, después de este breve
recorrido por la historia, recomiendo al respecto el libro publicado por el historiador mejicano Juan Miguel Zunzunegui titulado ‘Al día siguiente de la Conquista’, que la España del siglo XXI no debe pedir perdón a nadie por lo ocurrido en la América hispana desde la llegada de Colón en 1492 hasta la emancipación de las colonias, porque ni la actual España es la misma del siglo XVI y el estado mejicano, sencillamente, no existía. Significar que, España pretendió formar una gran nación panamericana, mientras que los llamados libertadores con Bolívar a la cabeza, todos ellos criollos, descendientes de españoles y traidores al juramento que hicieron cuando se unieron al ejército real, lo único que consiguieron fue balcanizar, en términos actuales, aquellos territorios, porque sus intereses particulares siempre estuvieron por delante de los de las poblaciones a las que, presuntamente, iban a ‘liberar’. Y, como diría el gran periodista de COPE, Ángel Expósito, a modo de posdata: Si la conquista la hubieran llevado a cabo ingleses, holandeses o franceses, y esto es un futurible, aunque no muy alejado de la realidad, no quedaba de los pueblos originarios ni el recuerdo. Si no, basta con mirar al gran vecino del norte donde, en nombre del progreso que suponía el ferrocarril, los indios de plumas, hachas tomahawk, arcos y flechas a lomos de caballos mesteños descendientes de los primitivos españoles, junto con las grandes manadas de búfalos americanos, fueron sistemáticamente aniquilados, exterminados y expulsados de sus tierras o, en el mejor de los casos, recluidos hasta el día de la fecha, en inhóspitas reservas para que no molestaran. ¡Ahí queó!


Foto portada: Cuadro con algunos ejemplos de mestizaje que se dieron en la América hispana en tiempos de la conquista. Archivo de Francisco Román Morales