Hace de esto, ya unos años, la cadena pública autonómica emitió una serie titulada “Padre Medina”. Serie que, sin grandes pretensiones ni aspavientos, presentaba la vida cotidiana de un curita inquieto y abierto, recién salido del seminario, y el choque que le produce el enfrentarse con una feligresía poco menos que preconciliar. En uno de sus capítulos, este párroco de pueblo afeaba al grupo de “beatas” que siempre revoloteaba alrededor del templo, el hecho de que boicotearan las clases de planificación familiar que había organizado la maestra, antítesis del páter en lo ideológico, pero, al igual que él, de mente abierta y dialogante. La razón de la reprimenda del cura no era otra que la violencia que, de alguna manera, habían desplegado para conseguir sus objetivos.
Todo esto viene a cuento con un hecho que, tuve ocasión de presenciar en la mañana de un Miércoles de Ceniza cualquiera, que ya cabalga sumido en la neblina que marca la frontera entre el recuerdo y el olvido. Todavía faltaban nueve años para que me llegara el tiempo del júbilo. A punto de llegar al trabajo, tuve la inmensa satisfacción de ver en el escaparate de uno de los muchos establecimientos, que desgraciadamente han sido víctimas de la crisis económica, los carteles anunciadores del Vía Crucis penitencial de las cofradías cordobesas. Esta alegría estaba provocada por varios motivos que ahora no hacen al caso, aunque, sin duda, el mayor era el hecho de ver, por primera vez en 25 años de historia, a uno de mis Titulares como reclamo para un acto cofrade dirigido a toda la ciudad, se trataba del Santísimo Cristo de la Luz, que había sido bendecido dos años antes. En aquel momento tuve la sensación del peregrino que está próximo a su meta: después de un largo y penoso año, ya estábamos en Cuaresma y los primeros capirotes del Domingo de Ramos comenzaban a dibujarse en el horizonte.

Lamentablemente, dos horas después, aquellos carteles habían sido arrancados sin ningún miramiento, no dejando ni rastro de ellos. De inmediato me acordé de esta serie y de la idea de respeto y juego limpio que el guionista había transmitido por boca del protagonista. Idea sobre la que he incidido en varios artículos de esta misma columna, pero que por mucho que se insista, siempre viene bien recordarlo. Efectivamente, a escasos días del comienzo oficial de la Cuaresma y posterior Semana Santa, quiero realizar una llamada general al respeto mutuo, la paciencia y la tolerancia. Nuestras calles ya han comenzado a disfrutar y padecer, según se mire, los ensayos de costaleros. El reparto de papeletas de sitio está dando sus primeros pasos, pronto, estará en plena efervescencia y toda la maquinaria de priostía y estación de penitencia, comenzará a ser engrasada para que todo esté en orden el día marcado en nuestro calendario cofrade.
Sin embargo, me gustaría recordar a los cofrades y a los que no lo son, que casi nada es oro de todo lo que reluce, que nuestra presencia en la calle, lejos de ser un espectáculo de lujo y ostentación, es una llamada al amor, a la paz, la convivencia y el encuentro sosegado con toda la ciudadanía, así como de ejemplo de coherencia con una vida entregada a Cristo y, por ende, a los más necesitados. Recordar que la cosa no es qué capataz ha sustituido a fulanito, en el martillo de la hermandad tal; lo bien o lo mal que toca esta banda o aquella otra; el gusto con que atavía a las vírgenes el vestidor de moda, frente a aquel que ha caído en desgracia; ni las listas de cuáles son las mejores vírgenes o cristos de nuestra Semana Santa, como últimamente se ha dado en realizar a través de las redes sociales; ni recordar las genialidades de la hermandad del Palermasso, acodados en la barra de una taberna cofrade escuchando los últimos “hits parade” de marchas procesionales, aspirando el olor al incienso de la cofradía hispalense de nuestra preferencia y tomando una “servesita”. No digo que esto último no sea necesario, sólo advierto que, si nos autoproclamamos cofrades, que no lo sea por el hecho de andar engominados, por lucir un huevo en la cerviz, por llevar nuestro “cochedisco” a toda pastilla con Rosario de Cádiz o Tres Caídas de Triana, o llamando hermano hasta a quien hace unos días era, y continuará siendo cuando todo esto pase, nuestro mayor enemigo. ¡No! Por suerte, nosotros somos o debemos ser algo más. Nosotros no somos, o no debemos ser, unos podemitas cualquiera, que defienden públicamente todo lo contrario de lo que practican en su día a día. Si no somos coherentes con lo que decimos defender y practicar, al final acabamos siendo un grupo de presión más o menos organizado, una tribu urbana más, por muchos podamos reunirnos delante de un paso.
Por el lado contrario, a quienes no les gusta la Semana Santa y, lamentablemente para esas personas, tengan que soportar nuestra presencia por delante de sus casas, recordarles que la ciudad es de todos y para todos, que todos tenemos nuestro momento y nuestra oportunidad: hoy por mí, mañana por ti. Que se puede practicar otra religión, ser laicista, agnóstico, ateo o lo que se quiera, siempre que se respete el derecho de quienes no pensamos o sentimos lo mismo, porque, por mucho que se empeñen, nosotros también tenemos derecho a usar la calle de modo privativo, tal cual ellos hacen cuando convocan manifestaciones, concentraciones o celebran el año chino por poner un caso.

Por último, a quienes acudan a los desfiles procesionales a ver y disfrutar del espectáculo, que lo hagan sanamente y sin molestar, que coman todas las pipas que sus cuerpos sean capaces de admitir y se beban todas las latas que puedan trasegar, pero que no ensucien la ciudad que, como decía, es de todos y a todos nos cuesta el dinero mantenerla medianamente limpia. ¡Ah! Se me olvidaba, que aprendan a guardar silencio cuando el momento lo requiera y, si hay que aplaudir, que ovacionen aquellas levantás que realmente lo merezcan, porque a este paso, pronto van a aplaudir hasta las del Vía Crucis.
Foto portada: La masa apenas deja pasar el cortejo de la Hermandad de la Esperanza. PacoRomán





