Reflexiones heterodoxas | Todo parecido con la realidad, es pura coincidencia

A lo largo de la Historia son muchos los personajes que nos marcan el camino de lo que es un mal gobernante. Siempre ha habido emperadores, sátrapas, reyes, dictadores, aquí cabrían todos los cargos imaginables, desde ordenados y consagrados a hermanos mayores o presidentes de agrupaciones o consejos de hermandades, da igual el término o el cargo que se utilice que, en su debilidad, han sido muy duros contra los frágiles y muy blandos frente a los que les plantaban cara. A los primeros se les reprime con dureza y con segundos se contemporiza cuando no se les da hasta el fondillo. En esto el comportamiento humano no ha cambiado un ápice a lo largo de los siglos y, como dice mi gran amigo Blas, todos llevamos dentro un pequeño o gran dictador. Uno de estos personajes históricos es el espurio Poncio Pilato el que, atemorizado por el nacionalismo judío, firmó la sentencia de muerte de Cristo. Pilato era débil y su torpeza en el uso del mando lo hacía ser violento y sanguinario. Inflexible y duro pero práctico, era desconsiderado hasta el hartazgo, siempre dispuesto al robo, a la corrupción y al abuso de poder. Su naturaleza, indolente y falta de iniciativa, tampoco ayudaba mucho a llevar la vida que, en teoría, correspondía a un gobernador romano. Si a ello se unía su falta de interés por conocer y comprender la mentalidad del pueblo judío, el cóctel resultaba explosivo.

Poncio Pilato en la interpretación del jerezano Francisco Pinto Berraquero en el año 1988, para el misterio de la Sangre de nuestra ciudad. Foto: PacoRomán

Casado con Claudia Prócula. Es elegido en el año 26 d.C. a instancias de Sejano, decidido antijudío y mano derecha de Tiberio. Su trayectoria política estuvo trufada de errores, fracasos y derramamientos de sangre de inocentes, debido a sus serios y continuos encontronazos con la población judía. Unas veces topaba con lo que, en términos actuales, sería la rama política, encarnada por el Sumo Sacerdote y el Sanedrín, en otras ocasiones era con la rama armada, representada por los Zelotes. Filón de Alejandría lo define como un hombre «de carácter inflexible y duro, sin ninguna consideración».

Nada más llegar a aquel territorio, relata el historiador judío y ciudadano romano, Flavio Josefo, que se le ocurrió sembrar la torre Antonia, cuartel general de las cohortes romanas, situada en el ángulo noroccidental del Templo, de estandartes con los rostros del emperador Tiberio y el suyo propio, lo que provocó la airada respuesta de la población que no dudó en cercar su palacio de Cesárea Augusta, residencia oficial del prefecto de la región. Arrodillados, con la cabeza hincada en suelo, mantuvieron el cerco durante cinco días con sus respectivas noches. Cuando les mandó las tropas para disolverlos, estos ofrecieron sus cuellos para que los degollaran, preferían morir antes que apostatar de sus creencias. Al final, Pilato no tuvo más remedio que retirar los estandartes. En el fondo de la cuestión estaba su odio profundo hacia los judíos y su falta de respeto hacia los pueblos conquistados. En este punto la política romana era clara: respetar las creencias de los súbditos del Imperio, asumiendo en su panteón las deidades de los nuevos territorios, pero él no estaba dispuesto a respetar la doctrina oficial. Sólo después de la caída de Sejano, en el año 31, recibió órdenes de Tiberio, para que respetara al pueblo judío.

En otra ocasión, con motivo de la construcción de un acueducto que abastecería la ciudad desde una distancia de casi 40 km., buscó financiación en las arcas del Templo, amenazando con subir los impuestos si no se accedía a sus deseos. Un auténtico sacrilegio a ojos de los judíos, que acabaron aceptando bajo la condición de que se ocultara el origen de los fondos y de que el principal flujo del líquido llegara a los depósitos del propio Templo, pero el acuerdo fue descubierto, provocando las iras del pueblo. Para acabar con la revuelta infiltró entre las masas a un numeroso grupo de legionarios, disfrazados de campesinos, pero que iban armados con gladios, espadas reglamentarias, y estacas. Tres o cuatro años después de la crucifixión de Jesús, hacia el año 36-37, provocaría otra matanza, esta vez en Samaria, concretamente en Tarante, en el monte Gazirín. Según relata Josefo, un loco estaba enardeciendo a las masas allí reunidas, al parecer, para buscar el tesoro de Moisés. Aquello acabó con la crucifixión de los cabecillas y la disolución de los allí reunidos. Este acontecimiento sería la causa de que el gobernador de Siria, Vitelio, decidiera destituirlo de su puesto.

Paso de misterio del Prendimiento. Para este grupo Antonio Bernal se inspira en el Evangelio de San Juan, donde se afirma que fueron romanos los que prendieron a Jesús. Foto: PacoRomán

Dejamos para el final su actuación más significativa: el juicio a Jesús. Según los Evangelios sinópticos, Jesús fue apresado por un grupo de hombres armados pertenecientes a la guardia del Templo, por orden de Caifás y los sumos sacerdotes. En cambio, el evangelio de Juan afirma que fue apresado por una compañía romana al mando de un tribuno, lo que daría a entender que fue por orden del prefecto. Los evangelios dicen que, luego de un interrogatorio nocturno, a primeras horas de la mañana, los líderes saduceos llevaron a Jesús ante el procurador romano, ya que los romanos solo hacían juicios antes del mediodía, solicitando a Pilato que lo ejecutara, ya que le habían hallado culpable de blasfemia, pues la pena capital solo podía ser aplicada por los romanos. Tras el fallido envío a Herodes Antipas, Pilato se declara incompetente para resolver asuntos religiosos y declara no hallarle culpable. Entonces, los líderes judíos cambian la acusación de blasfemia por la de sedición. A pesar de no hallarlo culpable, Pilato —sabiendo que era víspera de la Pascua— deja que el pueblo decida entre indultar a un preso de nombre Barrabás o liberar a Jesús. Ante la decisión de la masa Pilato, simbólicamente, se lavó las manos para indicar que no quería ser parte de la sentencia dictada por el populacho, afirmando que no era responsable de la sangre de aquel hombre. A lo que la multitud respondió que su sangre cayera sobre ellos y sobre sus descendientes.  

No sabemos cómo acabó Pilato, normalmente, en la Roma imperial, quien caía en desgracia no tenía un final apacible, pero conocemos cómo han acabado tantos y tantos miserables que, en un momento dado, bien por vías legales, bien mediante la fuerza, han usurpado y enrocado en el poder, sojuzgado a su pueblo para satisfacción propia y de sus conmilitones. Quien tenga oídos que oiga porque todo parecido con la realidad, es pura coincidencia.


Foto de portada: Paso de Misterio de la Sentencia, obra de Miguel Ángel González Jurado. Al fondo de la escena se aprecia a Claudia Prócula intercediendo por Jesús, cuya imagen fue gubiada por Juan Martínez Cerrillo. PacoRomán