Aquella noche de mediados de julio, la conversación de las vecinas sentadas a la puerta de la casa nº. 1 de la plaza de Don Arias, conocida popularmente como la casa de paso de San Rafael, giraba en torno al mal rato que habían vivido horas antes, cuando el Pepe de Josefita y la Marinati se habían perdido por la ciudad. Ocurrió muy deprisa, durante la siesta, cuando el sol caía con todo su peso y los vecinos se guarecían al amparo de los gruesos y umbrosos muros de las casas de patio.
A esas horas en las que el caserío se presenta como una sinfonía de colores delimitados por fuertes claroscuros, en la que se mezclan el blanco de las cales reverberantes de las fachadas, a tramos manchadas de oscuro, con las líneas abullonadas de marrones, grises, rosas y verde oscuro del sediento enchinado cordobés, mientras que, por encima de los tejados, al ritmo monótono y cansino que dibuja la teja árabe, serpentean estrechas cintas de intenso azul Klimt. Fue entonces cuando, en un volver de cabeza, aprovechando la tranquilidad del momento, los dos intrépidos exploradores se echaron a la calle y se perdieron.
El Pepe era el menor de seis hermanos. Niño travieso, juguetón, nervioso y desinquieto, no había quien hiciera carrera de él. Peinado al estilo Pablito Calvo en su papel de Marcelino pan y vino, siempre estaba tramando algo. De familia humilde, apenas conoció a su padre, por lo que gracias a la entereza de su madre la extensa prole pudo salir adelante en aquellos años de incipiente desarrollismo, de pantalones cortos heredados, con culeras para tapar viejos destrozos, y de joyos de pan con aceite y azúcar para merendar. Simpático y hábil con la bandurria, logró un puesto en la estudiantina que, por aquellos años, fundara el ex párroco de San Lorenzo, don Juan Novo, cuyo éxito más sonado fue su actuación en un programa dominical de TVE.
La Marinati, por el contrario, era una niña dulce y nada traviesa, hija de padre ferroviario y madre dedicada a sus labores. De pelo y tez claros, su rostro aparecía enmarcado por sendas gruesas trenzas que acentuaban la redondez de su cara infantil. Para mi madre era la niña más bonita de la casa. Su familia fue la primera de la vecindad que adquirió un televisor allá en los en los primeros años de la década de los sesenta del pasado siglo, lo cual supuso toda una revolución social que vino a alterar nuestros ritmos vitales, especialmente de los más pequeños que, con toda la naturalidad del mundo, incluimos el comedor de esta familia en nuestro ámbito de juegos y diversión, para disfrutar con aquellos primeros dibujos animados y las incipientes retransmisiones taurinas o deportivas.

Al final de las penumbras que se cernían sobre la calle que recuerda al padre Roelas, la luz de la plaza de San Lorenzo se mostraba tentadora y apetecible por lo que, cogidos de la mano, ajenos a las consecuencias que pudieran derivarse decidieron que, con cinco años cumplidos, ya eran suficiente mayores para descubrir el mundo por su cuenta. ¿Qué sorpresas? ¿Qué aventuras les depararía aquel lugar tan cercano y tan lejano a la vez? En aquellas fechas esta plaza aparecía presidida, además de por la sombra del portentoso templo fernandino, por una fuente que surtía de agua a la población aledaña y que poco después fue sustituida por un pequeño jardín en honor del poeta hispano-musulmán, Ibn Hazm, autor de El Collar de la paloma, quien viviera en este barrio. Todavía distaba mucho de ser la inhóspita y ruidosa encrucijada de vehículos en que hoy se ha convertido, constituyendo, por el contrario, el centro de la vida de la antigua collación, con tabernas de tanta solera como Casa Gamboa, Casa Manolo el de las quinielas, Casa Minguitos o Casa Pepe huevos fritos, junto a las que aparecían negocios de la tradición de la Picailla, donde podíamos comprar multicolores kikis o pirulís de azúcar, paloduz de palo, barritas de regaliz y pipas con sal. A modo de gran maestro de ceremonias, disfrutando del frescor que regalaba su templo, aparecía Pepe Bohollo, el último sacristán, departiendo en animada cháchara con los vecinos que acertaban a pasar ante sus dominios.
Al Pepe y a la Marinati aquello les pareció un mundo excitante, cautivador y misterioso que los invitaba a seguir su marcha, entre risas y bromas, despreocupados. Por la calle de María Auxiliadora, pasaron ante la taberna de Ordóñez con sus preñados toneles de Montilla y Moriles, el horno de Mortes cuyas esplendidas tortas de aceite eran celebradas por toda la vecindad, y se sorprendieron con el griterío que salía de los patios del colegio salesiano, donde cientos de niños disfrutaban del oratorio, invento ideado por Don Bosco, antecedente de las actuales escuelas de verano. Un poco más allá, nuestros héroes traspasaron las mismísimas puertas del campo, constituidas por la plaza de los Padres de Gracia y la Puerta de Plasencia, precedidas por el afamado Jardín del Alpargate que, por aquellos años, bajo sus espléndidos olmos aparecía sembrado de bancos pareados de mampostería, alternando con arriates en los que encontraban acomodo setos con celindas, romero, lavanda y demás plantas características del ruedo de la ciudad.

Como era de esperar, la desaparición provocó la alarma de todo el vecindario. En aquella casa vivíamos dieciocho familias unidas con vínculos que, en muchos casos, superaban los propios de la sangre. De inmediato todo el mundo se lanzó a la calle con la incertidumbre propia de quien no sabe si se enfrenta a una travesura, a una desgracia o a ambas cosas a la vez. No quedó rincón por escudriñar, pero los niños no aparecían. Presas del pánico, los hermanos del Pepe, la familia de la Marinati y los vecinos, decidieron ampliar el radio de búsqueda en un intento desesperado por encontrarlos cuanto antes. Los primeros decidieron dirigirse hacia la Ronda de la Manca, donde un cuñado suyo era propietario de una huerta; mientras que los padres y la abuela de la Marinati se dirigieron hacia la calle Montero y San Juan de Letrán. Al cabo, los hermanos del Pepe encontraron a la pareja en las inmediaciones de lo que entonces se conocía como Cañero Viejo, en el entorno de la actual avenida de Jesús Rescatado. Todo había quedado en un susto, importante, pero un susto al fin y al cabo que, tras las reprimendas de rigor, pronto dio paso a amplias sonrisas por la satisfacción del feliz resultado de la aventura. A pesar de ello, la abuela de la Marinati no acababa de encajar el desenlace porque su amor propio se sentía ofendido por el trato desconsiderado que, en su opinión, le había dispensado un monaguillo en San Lorenzo. Durante los aciagos momentos de búsqueda había entrado al templo donde no encontró al sacristán, pero sí a un joven repeinado y muy serio portando una caja en las manos, revestido con sotana roja y roquete blanco que, por más que la anciana insistió, gritó y gesticuló, mantuvo la mudez más insolente imaginable, por lo que Nati, que así se llamaba la señora, abandonó el recinto sagrado maldiciendo su suerte y acordándose de los ancestros del acólito. Sin embargo, la indignación se tornó en rubor cuando su hija y las vecinas le desvelaron que se había enfadado con el cepillo de la parroquia.
Foto de portada | Grupo de vecinas de la casa número 1 de la plaza de Don Arias. A la izquierda, de oscuro, aparece la esposa de Juan Martínez Cerrillo, Conchi para quienes la conocimos. Delante figura su hijo Manolín. Archivo de Francisco Román Morales





