Semana de cruces

La delgada línea que separa el tiempo de Pasión- enmarcado en el intervalo de una semana- del tiempo de Glorias y júbilo genera una mezcolanza de sentimientos melancólicos y alegres en el fiel que en muchas ocasiones es difícil de entender para el usuario ajeno al orbe cofrade. Y es que pasar en apenas dos semanas del látigo fúnebre de los tambores y las cornetas al fervor de las marchas e himnos gloriosos y las sevillanas de las romerías y de las cruces de mayo produce ese fenómeno que solo acoge el mundo cofrade y que transforma la dimensión en la que habita el cofrade dentro de un ambiente muy distinto en apenas un corto paréntesis temporal a otra totalmente diferente a la vivida.

Inmersos casi en el mes de mayo regresan una de esas fiestas de primavera que marcan los tiempos en los últimos coletazos del curso cofrade. Una tradición que nace en el más profundo seno cristiano con el objeto de revestir la cruz del Señor con el color y el aroma de las flores y que ha ido evolucionando hasta consagrarse como una de las fiestas más genuinas de Andalucía.

Las cruces de mayo son para muchos el elemento que corona la Semana de Pasión. Por ello las Cofradías se vanaglorian en desprenden ese sabor que produce el trabajo bien hecho y que se refleja en la fiesta y el júbilo que acogen las plazas y casas de hermandad cuando llegan estas fiestas. Un momento para el disfrute, para rememorar momentos vividos en la Semana Santa, para condensar el deseo de una Semana Santa próspera el próximo año y para vivir el renacer a la vida que nos proporciona la primavera en el mes de mayo.

Aquellos que hayan vivido esta fiesta me entenderán cuando me refiero a ella como el colofón de la Semana Santa, totalmente extrínseca a la misma pero complementaria y resaltadora del valor de la cruz en el seno de nuestra vida cotidiana. El comienzo de la cuenta atrás hacia el nuevo curso y hacia una nueva Semana Santa, que si Dios quiere, esperemos sea formidable.