La vara del pertiguero, 💙 Opinión

Sólo Dios basta

Con el día de santa Teresa cabe hacer una reflexión acerca de nuestra espiritualidad y la forma de vivirla. No por menos la carmelita abulense, reformadora de la orden, dejó impresa en la religiosidad española un nuevo carácter ascético, traspasado por un corazón ardiente que se refleja en la literatura que cedió al mundo. A través de su búsqueda y encuentro con lo sagrado, nosotros podemos plantear las primeras piedras de un viaje que alcance cotas parecidas. Dicha labor es muy positiva para todos los cristianos y obligada cuanto menos para nuestras cofradías.

Otro hermano cofrade, en este mismo medio y hace poco tiempo, escribió acertadamente sobre el papel de las hermandades en nuestros días. Antes de ofrecer un resumen o una paráfrasis sobre el artículo, os invito a que lo reviséis por vosotros mismos. Entre los puntos que se tocaron, apareció este que os propongo hoy sobre la espiritualidad. Más allá de reincidir en la crítica, creo necesario el planteamiento de la siguiente cuestión: ¿Cuál es la espiritualidad de las cofradías?

No se puede dar una respuesta breve al respecto, pero sí podemos ofrecer unas pinceladas en torno a la idea. El siglo XXI es muy distinto al anterior, no solo por el imperio de las tecnologías, sino por la forma en que nos relacionamos y nos proyectamos en sociedad. Como dijo el compañero, palpita un neo-individualismo cuyas causas son demasiado complejas como para exponerlas aquí. Digamos que, en buena parte, la deriva globalizadora y los cambios en las concepciones ético-morales tienen que ver en ello. Asimismo, el plano religioso sufre una revolución novedosa que aúna el desencanto por las doctrinas tradicionales frente a la aleación de corrientes espirituales heterogéneas que provienen mayoritariamente de países asiáticos. En definitiva, el panorama es distinto y, por consecuencia, la respuesta que el ser humano exige ha de ser adecuada a las circunstancias.

He aquí uno de los frentes abiertos con el que han de lidiar las cofradías. Las muestras públicas de fe, entendidas en nuestro mundillo como estaciones de penitencia y procesiones, no parecen cumplir en plenitud su función principal. Me uno a esta apreciación junto con otros compañeros y rescato su conclusión: si los cultos internos de las cofradías y los actos que realizan más allá de sus respectivos días de salida están casi abandonados por la mayoría de sus hermanos, ¿en qué ha quedado la espiritualidad cofrade?

Algunos defienden su valor estético, que es innegable, y la emotividad que a su alrededor se crea, la cual también es muy importante. Yo mismo me adhiero a la exaltación de esos sentimientos y aplaudo la toma de las calles por parte de las cofradías. Pero no todo se reduce a pompa y circunstancia, ya que caeríamos en el peligroso pozo de la hipocresía. La salida procesional, con sus mil y un elementos distintivos (nazarenos, costaleros, pasos, incienso, marchas, etc.), únicamente representa materialmente una verdad espiritual superior que, del mismo modo que a santa Teresa de Jesús, ha de traspasar nuestros corazones hasta clamar un «vivo sin vivir en mí» que llegue al puerto reposado del «solo Dios basta».

Ahora bien, ofrecer soluciones es más difícil que señalar los problemas y su sintomatología. En realidad, la dificultad radica en el modo de reconducir la situación. Apelar a la evangelización moderna y a los deberes de apostolado que todo cristiano tiene ayuda poco si no somos capaces de concretar su significado. Parece obvio que, como objetivos iniciales, se precisa afianzar la fraternidad entre los miembros de las cofradías y potenciar el valor que posee el culto. Sobre lo primero, apenas queda nada que apuntar, pues no nos son ajenas aquellas palabras que se desprenden de san Pablo y que nos hacen hermanos en Cristo. En cuanto al segundo punto, todo se resume en la conocidísima sentencia de ora et labora. En efecto, hemos de rezar juntos, en comunidad, pero también hemos de trabajar juntos para alcanzar así el Reino.

Quizás el ejemplo de santa Teresa de Jesús, que fundó una numerosa cantidad de conventos carmelitanos en el suelo hispánico, nos sirva de inspiración. Aunque su siglo también era distinto al nuestro, las dificultades que superó no fueron menores. ¿Cómo lo hizo? Ella apuntó a la perseverancia y a la confianza en el Altísimo, sustentada en una espiritualidad sin límites que la llevaba a la oración diaria. Pero el gran triunfo de la santa no consistió en la elevación de piedras para crear iglesias y cenáculos para sus hermanas, sino en transmitir un modo de vida que encandiló a cuantos las conocieron. Así, pues, se concretiza aquí una de las líneas de actuación que hemos de seguir: ser ejemplo para el mundo de lo que creemos. Al menos, yo confío ciegamente en esta fórmula. Sin duda, es la única manera de ser coherentes con nosotros mismos y, a su vez, trabajar en favor de nuestra fe. Como diría la santa: «Confianza y fe viva / mantenga el alma, / que quien cree y espera / Todo lo alcanza».

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