Nada que ver con el ambiente discotequero, chabacano y hortera que lamentablemente suele envolver a las salidas procesionales, más o menos extraordinarias, que tienen la desgracia de prolongarse hasta el hartazgo a altas horas de la madrugada. Así podría definirse la salida extraordinaria que sirvió de retorno para la Hermandad de San Benito desde la Santa Metropolitana y Patriarcal Iglesia Catedral de Sevilla, con motivo del XXV aniversario de la coronación canónica de la Virgen de la Encarnación. Que las cofradías se disfrutan de manera sustancialmente diferente de día es una verdad irrefutable. El público es netamente distinto: familiar, cálido, blanco, limpio en el más amplio sentido de la palabra… y todo lo que las rodea está dotado de un halo que, impregnado de la festividad propia de un evento de esta índole, propició el perfecto caldo de cultivo para concebir una jornada inolvidable.
“Muy sevillana”. Así la catalogó algún amigo de los muchos que uno tiene a la sombra de la Giralda. “Parecía Semana Santa”, concluía otro. Y a fe que así fue. El devenir del palio de la dolorosa de San Benito a lo largo de todo el itinerario fue una auténtica fiesta, un deleite para los sentidos que proporcionó a la ciudad el sabor de los días grandes. Similar, en cierto sentido, a la salida extraordinaria que protagonizó Jesús del Gran Poder en 2016. La ciudad de bote en bote. Impresionante, espectacular, brillante. «No veía tanta gente en las calles desde la última extraordinaria de la Macarena…». Una auténtica marea de fieles, devotos y cofrades arropó cada milímetro que recorrió la Virgen, dueña absoluta de los corazones que se agolpaban bajo el cielo de Sevilla… «Estrella de Oriente anunciadora de la llegada del Salvador», como maravillosamente definió mi compañero Jesús Pérez, en su magnífica crónica del acontecimiento. Un éxito sin paliativos, incuestionable, que debería ser tenido en cuenta por los dirigentes de las cofradías de los cuatro puntos cardinales de la geografía cofrade.
Es cierto que no ha sido la primera vez que una procesión extraordinaria se ha desarrollado en un horario similar. Ya mencionábamos la salida del Señor en el Año de la Fe, y en Córdoba, la hermandad de la Expiración ya escogió un horario matutino para los traslados de la Virgen del Rosario a la Catedral cordobesa, con motivo también del XXV aniversario de su coronación canónica… si bien la particular idiosincrasia de ambas cofradías no permitió que sendas procesiones se convirtiesen en la fiesta en que se convirtió la de este domingo. Precedentes que debieran ser anotados con todo lujo de detalle y ser muy tenidos en cuenta por otros, por lo que ha de venir…
Las salidas procesionales hasta altas horas de la madrugada tal vez tuvieron su encanto en otro tiempo. Un tiempo en el que la sociedad no adolecía del respeto cuya ausencia es triste señal de identidad actualmente. Las procesiones a ciertas horas se han convertido en una excusa, más o menos barata -es broma, son caras, y mucho-, para que pandillas de niñatos organicen botellones en los que la borrachera y la irreverencia apenas dejan hueco para lo que debe rodear a una procesión. Si las cofradías salen a la calle para evangelizar, ¿qué puñetas hacen en mitad de la madrugada navegando entre almas impregnadas de sustancias que poco tienen que ver con el incienso? ¿No resultaría mucho más productivo echar las redes en caladeros repletos de familias que, curiosamente, son las mismas que evitan las calles a ciertas horas, por mucho que haya pasos transitando por ellas y sobre las cuales hay que edificar el futuro de la iglesia y de las propias cofradías?
Ya sé que alguno dirá que es precisamente entre quienes más lo necesitan donde hay que sembrar. Quizá no les falte razón. Pero, ¿es justo que quienes sí desean ser partícipes de lo que significan las cofradías deban renunciar a ellas? ¿Es de recibo que unos padres no puedan disfrutar de las cofradías en la calle con sus hijos, como sus padres hicieron con ellos? Tal vez sea cosa de la edad, pero desde hace años prefiero las cofradías de día, con el sol brillando sobre las doradas canastillas y el bordado de los palios reluciendo con fuerza.
Y tal vez, en un momento en el que algunos se empeñan en intentar reproducir un modelo, el de la Madrugá sevillana, que yo tanto he defendido pero que empiezo a comprender que, por un lado es imposible de replicar, y por otro, la tozuda realidad de los acontecimientos contemporáneos se empeña en demostrar manifiestamente mejorable, incluso caduco, siendo muchas las voces que, en la propia Sevilla, empiezan a abogar por prescindir de ciertas horas de la madrugada para sustituirlas por horas de sol en la mañana del Viernes Santo, quizá sea un error pensar en potenciar el horario discotequero en detrimento del vespertino.
¿Qué quieren que les diga? Donde se ponga a la Virgen de la Encarnación, brillando como una Reina fulgurante, derramando luz y color desde el límite inexpugnable de su altar itinerante… marcha y aroma, verdad y elegancia, dulzura infinita y calor incalculable… Peregrinando por la Cuesta del Rosario a media mañana de un incomparable domingo o dejando atrás la Puerta de Carmona para adentrarse en el vergel de almas de su barrio de la Calzá, navegando sobre un océano de familias disfrutando juntas entre nubes de sonrisas, incienso, emociones y globos inundando el cielo, que se quiten las botellonas entre «litros de alcohol que corren por las venas» y suelos llenos de bolsas, basuras y orín… ¿no creen?





