Hoy, Miércoles de Ceniza, se da el pistoletazo de salida a una cuaresma marcadamente atípica. Nos encontramos sumergidos en una pesadilla que comenzó hace ya un año, y que nos ha privado de multitud de momentos que debieron ser y no fueron.
Hace un año comenzaba una cuaresma que, si bien tenía como chascarrillo al comienzo ese virus que empezaba a aparecer de forma cada vez menos aislada en nuestro país, no hacía presagiar que terminaría truncándose tal y como hizo, silenciando cualquier atisbo de procesiones en Semana Santa.
La cuaresma que acaba de comenzar, y que desembocará en la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesús, pese a la ausencia de procesiones, tiene pinta de ser más triste y apagada de lo que prácticamente nadie pueda recordar. Así vive nuestra tierra este impás de espera que, ciertamente, desespera.
La cuaresma quedará huérfana de las igualás y los ensayos. De esos nervios de aquellos que se enfajan y ciñen el costal por primera vez. De los triduos, Vía-Crucis y pregones que anuncian la llegada de las puertas de la gloria, que cada Domingo de Ramos se abren de par en par, pero que este año tampoco darán a luz a la primera cruz de guía.
Huérfana del polvorín en que se convierten las casas hermandades de las distintas cofradías, apurándose por preparar con mimo hasta el más mínimo detalle. De bandas que se apresuran a dejar todo perfectamente listo para ofrecer lo mejor de sí mismas a través del pentagrama hecho oración.
Una cuaresma huérfana, y hablo en primera persona en esta ocasión, de ilusión. Porque, qué quiere usted que le diga, frustra mucho que le arranquen a uno trocitos de vida de esta manera, más aun cuando uno de los principales motores vitales no es otro que todo aquello que desprende aroma a incienso.
Escribía, cuando esta pesadilla empezaba, que las procesiones no se suspendían, sino que se aplazaban un año. Algo que, tristemente, no se ha cumplido, pese a que uno no se arrepienta ni de una coma de lo que escribió.
Y podría volver a firmar un artículo similar sin ningún problema. Porque aunque uno no pueda ocultar sentir ese vacío en su interior, tampoco puede evitar tener una perspectiva optimista de la vida. Y es que al fin y al cabo, sería injusto que me considerara otra cosa que no sea afortunado por todo lo que el de arriba ha dispuesto para mí, más aún, viendo cómo están las cosas en la actualidad. Porque si uno quiere ver cofradías solo basta con cerrar los ojos a la par que abre el corazón.
No, no habrá ni triduos, ni altares de culto, ni pregones, ni ensayos, ni conciertos. Tampoco habrá procesiones. Ni misterios andando valientes ni palios navegando entre bambalinas. Ni candelerías iluminando la oscuridad de nuestras soledades. La cuaresma estará huérfana del envoltorio que recubre el más bello regalo que Dios nos brindó, la Redención por medio del sacrificio de Jesús. Pero el regalo sigue ahí, intacto e invencible.
Así, lo que nadie puede quitarnos es la esperanza de retomar nuestra añorada normalidad cuanto antes. Y sin que perdamos a nadie más en el camino. Por encima de todo, nadie podrá quitarnos a Dios, que no necesita de procesiones para llenar de amor y esperanza nuestro corazón.
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