Una devoción cordobesa en la Semana Santa de Sevilla

Muchas son las grandes devociones que, a lo largo del tiempo, han corrido la suerte de llegar intactas hasta nuestros días en una incuestionable muestra del fervor popular del que gozan aun a día de hoy y que, no sin esfuerzos, hemos podido heredar gracias una infinidad de generaciones de fieles que se afanaron en mantener viva esa profundad religiosidad. Por supuesto, esto se ha ido traduciendo en un cúmulo de célebres advocaciones que cuentan con una extensa e intensa historia a sus espaldas.

Nadie dudaría, al pensar en Córdoba, en mencionar a Nuestro Padre Jesús Nazareno Rescatado o a Nuestra Señora de los Dolores como las dos devociones más fuertes y representativas de la ciudad califal. Del mismo modo que, al situarnos en la vecina capital hispalense, las de mayor renombre sean, sin lugar a dudas, las que suscitan Jesús del Gran Poder y la emblemática Virgen Macarena. Eso, en lo que a imágenes pasionistas se refiere, ya que no podemos obviar a las siempre presentes Vírgenes enmarcadas en época de Glorias, como puedan ser – por mencionar algunas – la Virgen del Carmen de San Cayetano y la Virgen de los Reyes de ambas ciudades respectivamente.

Sin embargo y aunque cada región cuenta con su propio fervor hacia una advocación en particular cabe destacar una en particular, tradicionalmente cordobesa, que, a pesar de que a alguien le pueda resultar difícil de creer dada la enorme influencia de Sevilla sobre otros territorios, sembró la semilla del fervor en tierras hispalenses.

No se podría poner en cuestión el buen hacer por el que las cofradías penitenciales sevillanas se han caracterizado desde sus progresivas fundaciones. Y, ese buen hacer, pasaba entre otras cosas, por otorgar a sus queridas imágenes unos nombres que fueron más allá de los más clásicos y repetidos por toda la geografía española, como por ejemplo de los Dolores, Tristezas, Soledad, Amargura, Mayor Dolor o Angustias, sino que también supieron salirse de lo relacionado exclusivamente con la Pasión para incorporar en sus vidas – a menudo a través de la fusión con hermandades de gloria – una gran sucesión de imprescindibles rasgos atribuidos a las virtudes de Nuestra Señora.

Es por ello que, con frecuencia, podemos escuchar extendidas advocaciones como del Rosario, de la Merced, de la Esperanza y de la O, típicas del período de Adviento u otras como de la Candelaria, Presentación, Concepción y Encarnación, propias de ciertos pasajes de la biografía mariana. Por otro lado, es también necesario destacar muchas otras relacionadas exclusivamente con determinados lugares, tal y como ocurre con Montserrat, Rocío, Cabeza, Guadalupe, Desamparados, Regla y Loreto.

Al margen de todas las mencionadas anteriormente y volviendo a la idea inicial que unía a Córdoba y Sevilla, hemos de centrarnos en Nuestra Señora de Villaviciosa, íntimamente relacionada desde hace largo tiempo con la ciudad eternamente protegida por el Arcángel San Rafael. La advocación cordobesa hunde sus raíces en el poblado homónimo portugués, desde donde la talla sería traída por un sencillo vaquero, llamado Hernando, que, después de haber logrado evitar tanto a jueces como cárceles lusas por intercesión de la Santísima Virgen, acabó depositándola en la dehesa de las Gamonosas, ubicada cerca de la capital cordobesa y donde actualmente se encuentra establecido el pueblo de Villaviciosa.

Dicen los relatos de la época que la pequeñísima imagen estuvo resguardada por un alcornoque, refugio desde donde podía escuchar, una vez entrada la madrugada, los hermosos sones del violín que Hernando tocaba desecho en alabanzas a la que pasaría a la historia como la Virgen de Villaviciosa.

Lejos de permanecer en discreta calma, la imagen de la Santísima Virgen fue primero robada y más tarde recuperada en Antequera para luego ser de nuevo traída y trasladada a la Catedral por diversas razones, lugar en el que se detiene para ser arropada por el cariño del pueblo cordobés, entonces ya cobijada en su maravillosa capilla, localizada en la primitiva nave mayor y a quien hacía las veces de sacristía la Capilla Real que albergaba las sepulturas de Fernando IV y Alfonso XI.

Desde su privilegiada posición, la Virgen se convertiría en el objetivo preferido de los fieles, que acudían a Ella en masa, siempre con el consentimiento y bajo la dirección del Cabildo, para rezar ante su efigie con motivo de cualquier epidemia así como en diferentes ceremonias de acción de gracias. Prueba de esa veneración es la letrilla del afamado Luis de Góngora en la que el célebre y polivalente poeta le rogaba salud para el obispo fray Diego Mardones:

Serrana que en el alcor
de un pastor fuisteis servida,
conservad la vida
de nuestro Pastor.

La talla de Nuestra Señora de Villaviciosa, después de muchos siglos al frente de la devoción popular de la ciudad que con tanta entrega la acogió, fue revestida de plata en el año 1557 a manos del orfebre Rodrigo de León, trabajo que corrió a cargo del obispo fray Bernardo de Fresneda. Esto explica que la imagen tan solo conserve la cabeza y manos de la madera original en la que fue concebida, erigida sobre una bella peana con relieves que pretenden narrar su aparición y llegada procedente de Portugal, conformando un valioso y excepcional conjunto digno de ser considerado una obra maestra de la platería cordobesa.

El renombre y prestigio de la Virgen fue creciendo cada vez más, atribuyéndosele no pocos milagros y se produce el encuentro de otras dos imágenes más bajo la advocación de Villaviciosa: la de San Juan de Letrán, actualmente en San Lorenzo y la del Convento del Císter. Curiosamente, el título consiguió traspasar las fronteras hasta el punto de que ya en 1582 existe constancia de la existencia de una hermandad de luz de Nuestra Señora de Villaviciosa – creada por el genovés Tomás Pessaro – en el hospital sevillano del Espíritu Santo.

Este hecho se explica debido a la gran afluencia de comerciantes genoveses en nuestra área. Tanto es así, que la hispalense Calle de Génova congregaba en sí a una importante colonia a la par que Málaga contaba con la denominada Torre de los Genoveses en la muralla próxima al muelle y , en el momento en que se aparecieron los Cinco Caballeros al Padre Roelas – suceso acaecido junto al Arroyo de las Piedras – con el propósito de dar fe del Sepulcro de los Santos Mártires hallado en San Pedro, el fraile los confunde con genoveses, pues estos iban ataviados con lujosas vestiduras de raso blanco y ferreruelos grana.

Retornando a Sevilla, la cofradía de Nuestra Señora de Villaviciosa asentada en el previamente citado hospital, se trasladaría en 1587 al Oratorio de Colón, lugar que albergaba en su seno a la primera imagen del Cristo yacente que, según la leyenda, apareció tras la conquista de Sevilla. Así, durante los últimos años del siglo XVI, dos corporaciones se unen y celebran una solemne estación de penitencia en calidad de procesión del Santo Entierro. Esta se caracterizaba, como muchos sabrán dada la perpetuada costumbre, por ir integrada de un cortejo bíblico, sibilas, coros de ángeles y virtudes entre otros. La fúnebre comitiva era cerrada por el paso del Duelo, que conllevaba la presencia de Nuestra Señora de Villaviciosa, San Juan, las Tres Marías y los Santos Barones.

De conformidad con la teoría desarrollada por Bermejo, como se encargó de recordar Pablo García Baena, la imagen sevillana de la Santísima Virgen era obra de Bernardo de Quirós y el Cristo yacente, por otro lado y según Hernández Díaz, de Juan de Mesa, dado el notable parecido entre este y el Cristo que descansa sin vida en los brazos de Nuestra Señora de las Angustias de Córdoba.

Durante algún tiempo, Nuestra Señora de Villaviciosa procesionó bajo un dosel de terciopelo negro rematado con una corona real de plata en plena jornada del admirado Viernes Santo sevillano. Lo cierto es que, de acuerdo con las palabras García Baena en su artículo de Alto Guadalquivir de 1983, “mientras Sevilla supo conservar y acrecentar esta advocación, Córdoba, matriz de ella, se olvidó de su ‘antigua Palas’, como llama Madrazo a la bella imagen en su Historia de Córdoba y hoy lamentablemente se encuentra retirada del culto en el tesoro catedralicio, quizás porque el Cabildo teme que, siguiendo la tradición sea robada de nuevo.