A contracorriente | Fiesta en Bruselas

Cuando alguien organiza o lo invitan a una fiesta suele haber un motivo. Un cumpleaños, un aniversario, un premio. Las razones son muy variadas, pero guardan la patria común de la excusa para reunirse, celebrar, mojarse los labios en champagne o apurar el penúltimo sorbo del gin tonic.

Nadie celebra una fiesta o acude a ella porque sí, casi siempre se establece una convención que parece acallar nuestra mala conciencia por pasarlo bien, por rodearnos de amigos con los que reír, compartir confidencias y no pensar en otra cosa que no sea se preciso momento.

Y las fiestas son muy variadas. En Bruselas habrá una sevillana a finales de este mes. La excusa, potenciar la artesanía sacra, que en Europa entiendan la importancia que tiene en Sevilla, que articula su historia y, aunque se diga con eufemismos, protegerla de los peligros modernos, del libre mercado, de Pakistán.

Artesanos, Ayuntamiento y la ralea de autoridades de medio pelo irán al Parlamento europeo a enseñar bordados y cincelados de los grandes maestros de otra época a pedir que les ayuden y hagan un Trump.

Pero será una fiesta, como hacer turismo a lo jubilado alemán en la Costa del Sol a finales de septiembre. Y llevarán una banda, Virgen de los Reyes, y será como cuando los chinos (en su conquista silenciosa de Occidente con la diplomacia blanda) traían muestras de su cultura y explotaban unos cohetes y sacaban a pasear la figura de un dragón.

Bruselas será el escenario del tópico, como esos tablaos de Barcelona donde hablan de Andalucía con acento casi extranjero, donde delante del nombre ponen el artículo porque en el fondo los descendientes de los andaluces ya hablan otro idioma que permite esa regla.

En Bruselas se verá la versión 2.0 de la gitana y el toro, gracias embajadores de cuarto y mitad, que acuden al tipismo, al tópico y a dos o tres dogmas para erigirse en apóstoles de la verdad.

Bruselas será una fiesta y, aunque con las excusas señaladas, desde el alcalde al último vocero de la misma lo que harán será disfrutar de la compañía mutua de los amigos. Será como un sarao de los que se pegan en cofradías, pero en Bruselas, tierra de parlamentos supranacionales y donde, paradójicamente, el Islam ya manda en lo religioso en muchas de sus calles. Cuidado, no haya pakistaníes con dotes de bordado por allí.