A contracorriente | La vuelta al mismo lugar

Las cofradías son un poliedro. Las aristas son numerosas, los prismas diversos, las perspectivas diferentes, pero todas confluyen -o deberían hacerlo- en algo que se supone que no son valores, sino un modo de vida. 

Ni si quiera hablamos de un modo de entender la vida, sino de vida, completo, sin fisuras. Los matices son importantes, pues en este caso de las hermandades -o sus responsables sucede como en el de la Iglesia -o sus responsables.

Y lo que ocurre es tan simple como que se les llena la boca con el discurso aprendido, repasado y estudiado, pero a la hora de llevarlo a la práctica el motor renquea, se cala, se gripa o acaba echando chispas y humo como en las antiguas carreras de la Fórmula 1.

Uno echa de menos aquellos coches capaces de fallar y hacerlo de manera espectacular, con una emulsión de humo apabullante. Lo que se echa de más es la falla constante en el discurso presuntamente cristiano.

Un discurso que, de atender a su contenido, nos debería llevar a la comprensión de la realidad en toda su amplitud y en cada matiz, por insignificante que parezca. Y eso, precisamente, es lo que se ha echado en falta con la Hermandad de las Palmeras de Córdoba.

Primero, no se atendieron sus razones en la sala capitular -o donde fuera- del Cabildo. Segundo, tampoco lo hicieron un par de hermandades para permitirles un cambio de orden, adelantar uno o dos puestos para tener un horario más benévolo. Tercero, la Agrupación -o los responsables de turno- se lavaron las manos y no actuaron.

Pueden refugiarse en la norma o en lo que sea, pero al fin y al cabo es la vuelta al mismo lugar. A ese donde a la Iglesia le estorbaban las cofradías y a ese donde uno tiene la sensación de que la Agrupación sirve para poco más que para organizar festejos tras los pregones.