Hubo un tiempo en que la Semana Santa era contrición, ruego y esperanza. De eso hace ya mucho y, de un tiempo a esta parte, ese periodo concreto y central del cristianismo se ha convertido en algo casi accesorio.
Lo comprobamos a base de extraordinarias, de procesiones todo el año. En definitiva, de cofradías que se han imbuido en el seno de la sociedad que habitan y que las cobija.
Así vemos su prisa proyectada en procesos electorales, en nombramientos en espiral, en estrenos tras estrenos del más variado pelaje, en actos que se solapan los unos a los otros, en hermanos mayores en estado de inquietud permanente, en todos intentando demostrar a cada instante.
De relatarlo ya llega la opresión, el pecho se contrae y la ansiedad empieza a campar en sus distintas versiones. Las benzodiazepinas son las procesiones, sus vídeos, sus tertulias. Pero lejos de curar el problema parecen agravarlo.
Ante ello solo queda abstraerse, mirar los superfluo con la mirada de lo ajeno y pensar que el tiempo no existe, mientras se recuerda una semana santa que nos sacudió, porque las cofradías curan la ansiedad ¿o la provocan?





