Ellos y solo ellos tienen el privilegio de ir donde van, siempre cerca del titular, sin peso, sin cansarse, vestidos con elegancia, sin tener que aguantar, el a veces molesto capirote, o la dura arpillera sobre sus cabezas, siempre dignos, sin apenas esfuerzo, desde una posición dominante, decidiendo lo que quiere hacer en cada instante, disfrutando y nada más…
Esta podría ser la visión simplista de muchos de aquellos que ven esta figura desde fuera, desde el desconocimiento total hacia su labor, hacia su responsabilidad. Salvando las diferencias, son opiniones similares a las del aficionado a los toros que los ve desde la barrera, desde ese lugar donde los toros bravos son mansas reses que se dominan con la mirada, o la del aficionado al futbol que, desde el cómodo sillón de casa o desde la grada, planifica las jugadas y las alineaciones, por supuesto con mayor conocimiento que el entrenador que está intentando organizar el trabajo en el campo.
Pocos conocen la realidad del capataz o de los capataces, cada momento, cada igualá, cada ensayo, cada instante necesita de una planificación, de unos mínimos conocimientos adquiridos con los años, con la experiencia, con el aprendizaje callado y basado principalmente en la observación. El capataz es una esponja que absorbe movimientos, maneras, voces, música, es aquel que mide los pasos y su frecuencia a ritmo de granadera, el que mide las calles por la caída de sus aguas, el que ve balcones y farolas como obstáculos de pasión, el que rachea los pies por adoquines y cuando llega a una esquina cierra los ojos y siente el armonioso compas de una marcha, es o suele ser, un enamorado de su labor, disfruta y sufre con ella. Muchas veces he dicho que pocos saben cuánto pesa realmente un paso, eso se sabe cuando te pones la chaqueta y más aun cuando la vinculación a la hermandad o a la imagen es fuerte.
Los de negro, conforman esa figura que pasa desapercibida cuando las cosas van bien y sobre el que se ciernen todas las miradas cuando las cosas se tuercen, la mayoría no son por voluntad o por mal obrar de él, sino por las múltiples variables que maneja en su día a día y que de manera directa o indirecta influyen en su trabajo y compostura, la mayoría muy alejadas de lo que podríamos denominar meramente como técnica.
Olvidar que el capataz es un eslabón más en la cadena de mando de las hermandades, es un grave error, pues él se debe a ella, ya que es la junta de gobierno quien debe tomar la decisión de escoger y designar a la persona que tiene el honor de asumir la responsabilidad de dirigir, proteger, mantener o engrandecer, si se puede, el patrimonio artístico y humano de la hermandad, pero a su vez, debe obediencia y lealtad a las normas y reglas, siguiendo una exquisita jerarquía, nos guste o no, muy necesaria para el buen funcionamiento de las cosas.
Aquellos que han tenido el privilegio y la valentía de plantarse delante de algún paso, sabrán de lo que hablo. Modas, pequeñas revueltas, críticas y comentarios sobre ellos, son y serán parte inseparable de este oficio, un oficio entregado y especial, que tiene una gran carga emocional y de responsabilidad pero que con tan sólo un instante, después de salvar un balcón o una estreches, después de una dulce chicota, después de mirar de frente el caminar de una dolorosa o ver los ojos del señor y poder hablarle cara a cara, o después de ese reconocimiento en forma de abrazo de aquellos a los que prestaste tus ojos y tu voz por unas horas, para que junto a otros hicieran su penitencia, con tan solo eso, se da por satisfecho, pues siente que el mundo se para, y el corazón se llena de alegría y de fuerzas que hacen que se nos olviden todas aquellas miserias que a veces nos rodean.





