Hemos superado el eje que delimita el día de la Virgen del Carmen como una de las jornadas más tardías y sumergidas en la época estival y me viene a la memoria aquel artículo que redacté hace más de un año, cuando la incertidumbre acampaba a sus anchas en el seno de nuestras vidas. Sí, la de la eterna espera.
Aquel mes que yace en lo más espeso de la memoria y que supuso otro varapalo para el colectivo cofrade tras dos primaveras sin procesiones. Es entonces cuando vuelves la vista atrás y aprecias la calma con la que hemos vivido estos últimos meses. Intervalos en los que hemos disfrutado de nuestras Cofradías en las calles y que han servido para potenciar la religiosidad popular con la multiplicación del número de extraordinarias y magnas por doquier impregnadas de una necesidad en la que las Hermandades han atisbado la recuperación del mundo cofrade.
El recobro de la paz nos ha internado en la anhelada relajación lejos de la incertidumbre de la pandemia y los quebraderos de cabeza que atañen a las consecuencias sanitarias de una salida procesional. Una pesadilla que dejamos atrás mirando con ilusión a un futuro aún por descubrir.
Aún así, debemos aprender a apreciar el presente y disfrutar de este momento de paz en el mundo cofrade. Solo así nos instruiremos en el noble arte de la sabiduría cofradiera, el saber hacer, conocer y comprender.





