El cirineo | Postureo

Durante unas horas —demasiadas quizá— el imaginario cofrade sevillano se permitió el lujo de creer en una escena casi redentora: la Hermandad de la Macarena enmendando la plana al dispositivo de seguridad, colocando, simbólicamente, a cada cual en su sitio. Se pensó que, por fin, alguien había tenido el arrojo de cuestionar ese modelo de ciudad vallada que, desde hace años, trocea la Semana Santa en compartimentos estancos, levantando barreras donde antes solo había bulla, cercanía y una normalidad que jamás generó conflicto alguno.

Porque conviene no olvidar de dónde venimos. De una Madrugá envuelta en el miedo, nunca del todo explicada, convertida en argumento recurrente para justificar cualquier exceso preventivo. Desde entonces, el centro histórico ha sido progresivamente colonizado por vallas que, bajo la coartada de la seguridad, han terminado por desnaturalizar la experiencia cofrade, generando estampas tan desoladoras como incoherentes: calles vacías, silencios artificiales y un pueblo relegado a la distancia.

En ese contexto, la escena de Alcázares adquirió una dimensión casi épica. La frase difundida por la propia hermandad, a través de las redes sociales —“si el pueblo no puede llegar a Ella será Ella la que llegue al pueblo. Y así sea por siempre”— no solo emocionaba: legitimaba una lectura concreta de lo sucedido. La Virgen avanzando hacia la valla no era solo un gesto; era, para muchos, una enmienda simbólica a un sistema que lleva años generando incomodidad y rechazo. No fue extraño, por tanto, que numerosos medios, entre ellos el nuestro, interpretaran el momento como una suerte de acto de desobediencia estética y devocional.

Pero la realidad, como casi siempre, ha resultado ser bastante menos heroica y bastante más terrenal.

La intervención del CECOP, desvinculándose del aforamiento, y la posterior nota de la propia hermandad —emitida con una celeridad reveladora, incluso antes de que la Virgen regresara a su basílica—, desmontaron de un plumazo el relato construido. Aquella valla no era el símbolo de una imposición externa, sino el resultado de una decisión interna: organizar la salida de los nazarenos desde un colegio. Legítimo, sin duda. Comprensible, incluso. Pero profundamente incompatible con la narrativa que se había dejado crecer.

Y es ahí donde aparece el verdadero problema. No en la valla, sino en la escenificación posterior.

Porque si el acotamiento respondía a una necesidad logística propia, resulta difícilmente explicable que se alentara, con la frase ya descrita, una interpretación que señalaba en otra dirección. Más aún cuando, acto seguido, se produce un acercamiento del paso de palio hacia esa misma valla, con la presidencia acompañando la maniobra y un público entregado en agradecimientos que, en paralelo, en las redes sociales, arremetía contra Ayuntamiento y dispositivos de seguridad que nada tenían que ver en este caso.

El resultado es una estampa incómoda: la de una emoción auténtica sostenida sobre una premisa equivocada.

Se podrá argumentar que el gesto fue sincero, que la intención era buena, que la cercanía merecía la pena. Y probablemente todo eso sea cierto. Pero también lo es que, a la luz de los hechos, la espontaneidad queda en entredicho y la narrativa se desmorona. Lo que durante horas se interpretó como un acto de rebeldía frente a un modelo discutido, podría ser ahora interpretado como una operación interna revestida de épica sobrevenida.

Aforar una calle para facilitar la organización de una cofradía es, insistamos, perfectamente legítimo. Lo que ya no lo es tanto es jugar —aunque sea por omisión— con la percepción colectiva, permitiendo que se construya un relato que carga las culpas sobre terceros mientras se recogen los aplausos de un gesto aparentemente redentor.

Porque al final, lo que queda no es la valla, ni siquiera la maniobra del paso. Lo que permanece es la sensación de que se ha teatralizado una cercanía que partía de una distancia previamente provocada por la propia hermandad.

Y eso, en una ciudad que distingue con precisión quirúrgica entre lo auténtico y lo impostado, tiene un nombre difícil de esquivar: postureo.