Evangelium Solis, 💙 Opinión

«El Reino de Dios se parece a un hombre que echa semilla en la tierra… duerme de noche y se levanta de mañana»

En este Domingo XI del tiempo ordinario, celebramos la Octava del Corpus. Hoy muchas calles de nuestros barrios tendrían que haber amanecido con pequeñas procesiones del Corpus. El año que viene podremos celebrar las. Por ello, viene a Gente de Paz un nuevo Evangelium Solis.

Lectura del santo Evangelio según san Marcos.

En aquel tiempo, dijo Jesús a la gente:

— «El Reino de Dios se parece a un hombre que echa semilla en la tierra. Él duerme de noche y se levanta de mañana; la semilla ger­mina y va creciendo, sin que él sepa cómo. La tierra da el fruto por sí misma: primero los tallos, luego la espiga, después el gra­no. Cuando el grano está a punto, se mete la hoz, porque ha llegado la cosecha».

Dijo también:

— «¿Con qué podemos comparar el Reino de Dios? ¿Qué parábola usaremos? Es como un grano de mostaza: al sembrarlo en la tierra es la semilla más pequeña, pero después brota, se hace más alta que las demás hortalizas y echa ramas tan grandes que las aves del cielo pueden cobijarse y anidar en ella».

Con muchas parábolas parecidas les exponía la palabra, acomodándose a su entender. Todo se lo exponía con parábolas, pero a sus discípulos se lo explicaba todo en privado.

Palabra del Señor.

Este Domingo, el Evangelio nos trae dos parábolas en las que Jesús nos muestra el crecimiento del “Reino de Dios”. En la primera comparación que Jesús nos hace, se resalta su crecimiento silencioso y continuo. La explicación de la parábola no fue recogida en el Evangelio debido a su fácil o conocida interpretación.

El Señor enseña que el Reino que ha prometido Dios y que esperaban los judíos, y que sería instaurado por medio de su Mesías, tendrá un inicio muy sencillo, podríamos decir que has sin importancia. Desde ese inicio, una vez que la semilla ha sido sembrada, posee una fuerza propia, que se desarrolla por sí mismo, “automáticamente”. Independientemente de la acción o inacción del agricultor, ya duerma o se levante, “la tierra da el fruto por sí misma”. No será el hombre quien haga germinar o desenvolverse la simiente o el Reino, aun cuando ciertas condiciones externas sean necesarias para favorecer su germinación y crecimiento, sino la misma fuerza intrínseca que portan. San Pablo comprende bien esta realidad cuando escribe: «¿Qué es, pues Apolo? ¿Qué es Pablo?… ¡Servidores, por medio de los cuales ustedes han creído!, y cada uno según lo que el Señor le dio. Yo planté, Apolo regó; mas fue Dios quien dio el crecimiento» (1Cor 3, 5-6).

Así pues, el Reino de Dios, una vez instaurado por Jesucristo con su presencia y predicación, con el tiempo llegará necesariamente a su madurez. Nada ni nadie podrá detener su desarrollo, y con el paso del tiempo la semilla producirá una cosecha abundante. Entonces, «cuando el grano está a punto, se mete la hoz, porque ha llegado la cosecha».

Para hablar del inicio sencillo de este Reino —insignificante a los ojos humanos—, el Señor añade otra parábola, en la que compara al Reino de Dios con una semilla de mostaza, «la semilla más pequeña» de casi todos de las que se conocen. Las semillas de mostaza, en efecto, son pequeñísimas. Redondas y de consistencia dura, tienen entre uno a dos milímetros de diámetro. Al caer en tierra y desarrollarse, llega a ser «más alta que las demás hortalizas», llegando a convertirse en un árbol de entre tres y cuatro metros de altura. En esto consiste justamente la lección del Señor, lo que nos quiere transmitir: de lo más pequeño el Reino de Dios pasará a ser lo más grande. Aunque en sus comienzos serán pocos los que lo acepten, llegarán a ser multitudes. A ello se refiere el Señor cuando dice que «echa ramas tan grandes que las aves del cielo pueden cobijarse y anidar en ella».

El Reino de Dios, en Jesucristo, tuvo un inicio casi sin importancia. Mas la fuerza y potencia que esta “semilla” escondía a los ojos humanos, manifestada en su Resurrección, han llevado al Reino de Dios a un crecimiento espectacular a lo largo de los siglos. Ese Reino es la Iglesia, que a lo largo de los siglos ha cobijado en sus ramas a hombres y mujeres de toda nación, raza o cultura.

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