Vaya sofocón que se ha llevado Sevilla entera, regresaba la Reina de San Gil, tras una limpieza superficial, limpieza que se ha llevado por delante la augusta mirada de la Esperanza Macarena, se ha perdido la serena profundidad de sus ojos, que se ve que se ha quedado en el taller del restaurador, y en la Basílica de Santa María de la Esperanza Macarena los hermanos buscan con perseverancia la conocida mirada de su Esperanza, y por más que la buscan, no la encuentran.
Nos pasó igual a los cordobeses con la Hermandad del Resucitado, cuando a su titular mariana Nuestra Señora de la Alegría, en 1993 le fue realizada una restauración por D. Juan Manuel Miñarro López, más profunda que la realizada a la Esperanza Macarena, ya que la misma consistió en el levantado de la policromía, estucado y nueva policromía del rostro y manos, tal fue el resultado, que cinco años más tarde volvió a ser objeto de una restauración, en esta ocasión, realizada por el maestro D. Antonio Bernal Redondo, quien la retornó a la expresividad de la que le dotó en su día D. Juan Martínez Cerrillo. Como éste hay cientos de casos en nuestra geografía.

El problema estriba muchas veces en quien ordena la restauración, más que en quien la hace, muchos son los imagineros que señalan a los cofrades la necesidad de no dejar ninguna huella salvo las estrictamente imprescindibles durante el proceso de restauración, respetando en la conservación, la talla tal y como fue concebida en el momento de su realización, evitando alejarse del aspecto original de la obra.
Y esto ya son dos factores de influencia, primero lo que solicita la hermandad que la envía a restaurar, y otro, la visión artística y personal del artista que va a realizar la restauración, y cuando se unen estas dos circunstancias, abiertas y sin frontera, el resultado desastroso está garantizado, ya que todo tiende a alejarse de lo que fuera su aspecto original.
Cuidado, que no quiero que alguien piense que este es el caso de la Esperanza Macarena, que yo lo señalo como causas adyacentes a los cambios de aspecto de las imágenes que han pasado por distintas restauraciones, limpiezas, etc. y que han cambiado del original, que quizás no sea este el caso, pero que distanciada, del aspecto original está.

Ahora lo que sucede es que todo son paños calientes, que alivian pero que no curan, la Junta de Gobierno según parece encargó: “trabajos de limpieza superficial, fijación de policromía, estabilización de estratos y control de humedad”, y después de expuesta al culto, la Hermandad tuvo que retirarla y explicar que “el resultado estético no era el que esperaba la Junta de Gobierno ni el equipo técnico que ha acometido la intervención”, por lo que se ha procedido a devolver a la dolorosa su fisonomía original, “para tranquilidad de los hermanos y devotos”.
Lo malo del asunto es que no han devuelto a la dolorosa su original fisonomía, y es ahí donde está en problema, y que los trabajos de limpieza superficial, fijación de policromía, estabilización de estratos no incluían tanto como el cambio de pestañas, que no es cuestión de más o menos grandes, que son más cosas, los hermanos no la encuentran, no la ven, y yo tampoco, y ellos a pesar de estar allí delante no la ven. Sevilla la mira y no la encuentra, por algo será, pero los hermanos y devotos no se han quedado tranquilos, será por no hallarla en su camarín, y es Sevilla entera la que clama diciendo desde esta distante realidad: “que me devuelvan a mi Esperanza, que me devuelvan a mi Macarena”.





