La Hermandad del Calvario: cuna del vía crucis y la saeta

Entraba el siglo XVIII cuando la práctica del vía crucis comenzaba a difundirse haciéndose cada vez más fuerte entre una población que se encargaría personalmente de popularizar una tradición que ha logrado perpetuarse a través de los siglos. Por supuesto, la capital cordobesa no se mantendría ajena a dicho ejercicio, pues una significativa cantidad de cofradías no dudaría en adoptar esta costumbre incorporándola entre los actos de culto que se celebraban en el seno de ellas.

Fue esta misma tesitura la que propició la creación de la entonces denominada Santa Hermandad de la Sagrada Pasión y Vía Sacra de Nuestro Señor Jesucristo, la cual sería fundada en la emblemática Parroquia de San Lorenzo como resultado del interés y los desvelos de los propios vecinos del barrio. Un proyecto que finalmente vería la luz con la aprobación de unas reglas validadas en la fecha del 20 de julio de 1722 por quien fuera obispo de la Diócesis, Marcelino Siuri. Como cabe imaginar, la mencionada normativa se encargaba de gestionar el funcionamiento y el desarrollo de la antigua cofradía, incluyendo en su redacción un preámbulo, 20 artículos y una disposición final que explicaba detalladamente el proceso del vía crucis.

De este modo, quedaría patente que el objetivo último y de mayor trascendencia para la Hermandad de la Vía Sacra no era otra cosa que la práctica del conocido vía crucis, suceso que tenía lugar en la tarde de cada viernes del año así como domingos y festivos con excepción de los que coincidiesen con los días de Navidad, de Resurrección y Espíritu Santo. Así pues, los miembros de la corporación partían en las jornadas señaladas hacia el Calvario, ubicado en el Marrubial que por aquel tiempo formaba parte de la periferia de la ciudad.

Entre las normas que reglaban el ejercicio de la vía sacra, llama especialmente la atención la quinta regla, mediante la que se especifica el hábito que deben lucir los doce penitentes que, en representación de los discípulos, realizan el vía crucis con la cruz a cuestas tras la imagen del entrañable nazareno. Por supuesto, la jornada del Viernes Santo ocupa un lugar destacado por lo significativo de él, motivo por el que se estimaba tan oportuna como vital la predicación de una homilía con la Pasión como tema central, hecho que se llevaba a cabo bien en el Calvario, bien en el propio templo de San Lorenzo.

Tan minuciosos eran los estatutos en lo referente al rezo del vía crucis, que incluso se había llegado a redactar una regla que forzaba a nombrar a una persona con buena voz y dicción para leer las estaciones y cantar las saetas que se sucederían durante la vía sacra:

Item, se nombrará quien lea las estaciones que tenga buena voz para que lo oigan todos, y este o otro hermano devoto, irá echando saetas de la Pasión y otras de devoción y desengaño, para que muevan con ellas a compunción y a desprecio del mundo.

Resulta particularmente curioso el extracto reproducido ya que contiene una interesantísima mención a la emotiva y desgarradora saeta, máxime teniendo presente que la conservación del documento es la prueba de mayor antigüedad de la saeta en la ciudad de Córdoba. Más tarde la oración cantada por excelencia evolucionaría hasta pasar a ser conocida en Castro del Río como “saeta de la vía sacra”, las cuales eran cantadas en todas y cada una de las estaciones que conforman el vía crucis por las calles más relevantes del pueblo durante el período de Cuaresma.

Así, de forma simultánea a como lo hiciera el rezo del vía crucis, el siglo XVIII sería asimismo la etapa de nacimiento y transmisión de la saeta en nuestra tierra, gracias en gran medida a su papel en actos de índole religiosa propias del pueblo llano, tales como el descrito vía crucis y el rosario, también de considerable arraigo en la Córdoba de la centuria del setecientos, tal y como demuestran los testimonios que señalan al sacerdote basilio Juan Agustín Borrego como impulsor del rosario público que se llevaba a término al anochecer.

Desde luego, no cabe duda alguna de que la saeta consiguió hacerse esencial como parte indivisible de la conversión de los pecadores:

De quando en quando se ponía silencio al toque de una campanilla, y se disparaba alguna espiritual saeta, que avivasse más a los dormidos en la culpa. Llámanse saetas algunas breves poesías que reducidas a tres o quatro versos, recogen la sustancia espiritual de algún importante aviso o desengaño, que en unas atemoriza al pecador con el rigor de la Divina Justicia, en otras lo alienta con los amorosos brazos de la Divina Misericordia, y en otras le abre los ojos para que vea el riesgo de su alma y el infeliz estado a que le reduce su culpa.

Queda así más que claro el concepto de “saeta” en el citado fragmento, el cual data nada menos que de la década de los años 30 del siglo XVIII. Por su parte, la función y el objetivo de la plegaria en el proceso de conversión del pecador queda igualmente patente en las siguientes líneas:

Y como tal es la eficacia y penetración de estas breves palabras encendidas con el fuego de la gracia de Dios, que muchas veces llegan a herir el alma pecadora, como una aguda flecha, suelen tocar sus puntas tan en lo vivo del corazón, que como el Ciervo busca las fuentes de las aguas, assí corren heridos los pecadores a las de la Penitencia, buscando en ella el remedio de sus almas.

Gracias a la preservación de ciertos textos, nos ha sido posible conocer asimismo la letra de una conmovedora y breve saeta pronunciada en la anteriormente mencionada década de los 30 del siglo XVIII y más específicamente en una de las renombradas misiones de Juan Agustín Borrego en su recorrido por las tierras cordobesas:

En cierto pueblo se hacía la convocatoria con el Rosario en la expressada forma; y parando en medio de una calle, se entonó una Saeta al tiempo, que cierta persona desde una ventana de su casa se puso a observar la processión, atraída de la novedad. Decía la Saeta así:

Alma que estás en pecado,
Si en esta noche murieras,
Piensa bien a donde fueras.

No logró mayor triunfo la piedra de David en la frente del gigante Goliat, que el que consiguió el golpe de esta flecha en el interior de aquel alma.

A la vista de las llamativas características que tan intensa y solemne hacían la vida de la Hermandad de la Vía Sacra de Jesús del Calvario, otras muchas cofradías cordobesas comenzaron a seguir su ejemplo, extendiendo por toda la ciudad la costumbre del vía crucis.

Tanto es así, que el propio Marcelino Siuri sería el encargado de aprobar la constitución de la Hermandad de Jesús del Calvario en El Carpio. Por su parte, la corporación de Montoro bajo el mismo título se halla documentada en 1767, de lo que se deduce que su fundación debió producirse poco tiempo antes asentándose en la Ermita de San Roque. La creación de esta corporación sería el incentivo necesario para instalar un calvario que consistiría en unas cruces de piedra que iniciaban el trayecto desde la conocida como Cruz del Humilladero para seguir por el Monte de San Roque y concluir en el Camino de los Chinares.