Reflexiones heterodoxas | El Corpus Christi en Córdoba

La historiadora, M.ª Dolores Puchol Caballero, en su libro titulado Urbanismo del Renacimiento en la ciudad de Córdoba, refiere que la festividad del Corpus revestía en nuestra ciudad una gran vistosidad y magnificencia, siendo la más importante de las celebraciones litúrgicas de cuantas se celebraban en la ciudad a lo largo del año. Por una descripción de la fiesta publicada en 1636, sabemos que el Arquillo de Calceteros se revestía de cortinas de damasco carmesí y amarillo, colocándose sobre él una multitud de cornucopias, relicarios e imágenes, por sus dos caras.

Además, las calles por donde pasaba la procesión, se embellecían con adornos, e incluso se ofrecían premios a los tres mejores arcos, altares, fuentes, invención o entretenimiento y al que mejor adornase su casa a lo largo del recorrido. Del itinerario que recorría la procesión, destacaba muy especialmente la calle de la Feria -San Fernando-, donde se instalaban magníficos altares adornados con ricas colgaduras de seda, terciopelo o damasco, joyas, esculturas y pinturas, así como altísimos arcos triunfales, decorados con adornos y objetos artísticos. Incluso se aprovechaban los solares de la calle para crear escenografías alegóricas, tal y como ocurrió a principios del siglo XVII, cuando se recrea una alameda y un jardín con flores, se cuelgan macetas de clavellinas, jaulas de pájaros y hasta una fuente. Ramírez de Arellano menciona igualmente un bosque que se había hecho un poco más arriba del Portillo, en un sector de casas derrumbadas por el hundimiento de parte de la muralla divisoria entre la ciudad alta y la baja. En este terreno se formaron caminos, peñas y un lago con patos y peces, así como árboles y toda clase de animales (aves, conejos, jabalíes, lobos y hasta un león de cartón) Cuando pasó la procesión, se soltó agua que cayó en cascada y se simuló un combate simbólico entre una joven y un dragón, representando aquélla la Religión, que saldría lógicamente vencedora contra el Mal.

El paso del Corpus con la espectacular Custodia de Enrique Arfe, sobre el paso de Nuestra Señora de los Dolores en la década de 1940. (Archivo David Simón Pinto Sáez)

Al paso de la Custodia el pueblo interpretaba numerosas danzas, algunas de las cuales nos han llegado referencias: eran las danzas de Negros, de Damas y Galanes, de Chichimecos y Guacamayos, sobe el Cerco de Zamora, etc., y la ciudad, es decir el Ayuntamiento de la época, corría con los cuantiosos gastos que ocasionaban la celebración de juegos por toda la ciudad, se levantaban escenarios en la plaza de Abades, en la calle de la Feria y en la Plaza de San Salvador, donde se escenificaba la denominada «Pelea del Grifo», escenificación de carácter alegórico de la lucha del bien contra el mal, en la que hombres armados peleaban con este animal mitológico; mientras que en el río se simulaban combates navales de significación religiosa. Especial solemnidad revistió la festividad del Corpus de 1570, dada la presencia de Felipe II y su gran séquito en la ciudad que, como era natural, se volcó para la ocasión.

Más cercano en el tiempo nuestro cronista de cabecera, Ricardo de Montis, en sus Notas cordobesas, señala que esta festividad era un «Día grande, día hermoso, el más hermoso y el más grande del año, era para los cordobeses en otros tiempos en que estaban arraigadas en todos los corazones las creencias religiosas, el día de la festividad del Santísimum Corpus Christi». Llama la atención el tono agridulce de esta afirmación, máxime si tenemos en cuenta que el artículo fue escrito en junio de 1919, cuando todavía no habían enraizado en España, las ideologías agnósticas, ateas y nihilistas de décadas posteriores y que hoy se enseñorean como nueva inquisición, azote de la incorrección política.

Al igual que ocurría en épocas pretéritas, todavía se acudía al encalado y engalanado de las fachadas de las casas, particularmente por las calles que formaban parte del itinerario de la magna procesión. Las plantas y flores de los patios eran debidamente cuidadas o renovadas, para que éstos lucieran con todo su esplendor, «cuidando que no se les estropearan las mejores rosas para arrojarlas al paso de la Custodia…», a la vez que hacían acopio de juncias y mastranzos para alfombrar toda la fachada de la casas. Se revolvían los arcones para sacar y airear las ropas que habrían de lucirse en el día de la fiesta: trajes de etiqueta, uniformes, vestidos de raso, mantillas de seda o, simplemente, la “ropa de cristianar” debidamente limpia y planchada.

El paso de la Custodia transitando por la calle Magistral González Francés, dirigido por David Simón Pinto Sáez. Foto: PacoRomán

Las calles del recorrido oficial, mucho antes de que las campanas del primer templo anunciaran a las diez en punto el comienzo de la procesión, ya se encontraban atestadas de un público expectante, especialmente en las calles de la Feria (San Fernando) de los Letrados (Conde de Cárdenas) y el Ayuntamiento. El cortejo se formaba «solamente con una doble y larguísima fina de hombres devotos, en la que tenían representación todas las clases de la sociedad, el pueblo y la aristocracia, la nobleza, las autoridades, el elemento civil, el militar y el eclesiástico, formando un conjunto tan abigarrado como vistoso por la variedad de trajes y uniformes». A diferencia con ciudades como Toledo, en nuestra procesión no figuraban heraldos o timbaleros; tampoco tenía cabida la popular Tarasca, como en la vecina Granada; o imágenes letíficas o titulares de cofradías penitenciales, como ocurre en Sevilla. De Montis tan sólo recuerda alguna ocasión en la que figuraron las imágenes de plata de la Purísima y San Rafael que se custodian en la Catedral y una única vez en la que incorporaron las imágenes de San Juan y Santa Teresa. Y en el centro de todo el cortejo «… la Custodia, la admirable obra de Enrique Arfe, rodeada de magnolias, casi envuelta entre nubes de incienso, magestuosa (sic) soberanamente bella, semejando, más que una obra real, la creación de un sueño fantástico».

Por desgracia, en el último tercio del siglo XIX, el Ayuntamiento dejó de entoldar las calles, por lo que los «rayos solares caían sobre las cabezas como plomo derretido…» lo que obligó a la autoridad eclesiástica, con buen criterio –afirma–, a trasladar la procesión a las primeras horas de la tarde.

En las últimas décadas, como resulta patente en tantas y tantas tradiciones cordobesas, la procesión del Corpus ha decaído de la forma más absoluta y penosa, con una participación cívica, popular y hasta eclesiástica en franca recesión y que en los últimos años se está tratando de revitalizar, pero con resultados ciertamente mejorables.

Las razones de este declive habríamos de buscarlas, en primer lugar, por el hecho de no celebrarse en jueves, como marca la tradición, habiendo quedado diluida entre las actividades de fin de semana, coincidiendo con partidos de la liga de fútbol del Córdoba C.F., o alguna promoción de ascenso de categoría. En segundo lugar, por el baile de horas y recorridos que ha experimentado: tradicionalmente la procesión se celebraba por la mañana, luego se cambió a la tarde con la excusa de la baja participación a causa del calor, pero con idénticos o peores resultados. También se fue cambiando y acortando el recorrido hasta dejarlo en, poco menos, que la vuelta a la manzana de la Catedral. Por si ello fuera poco, las asociaciones profesionales, económicas y culturales de la ciudad, hace décadas que retiraron su participación, mientras que las “fuerzas de retroceso” que okupan la Moncloa, se encargaron de eliminar la presencia oficial del Ejército –los militares que participan van voluntarios– a la vez que prohibían a las bandas militares la interpretación la Marcha Real.

El paso de la Cena retorna a su sede canónica tras celebrarse la procesión del Corpus Christi. Foto: PacoRomán

Afortunadamente, en los tres últimos años, se ha iniciado un proceso de recuperación de la fiesta con el regreso al recorrido tradicional, la incorporación del paso de misterio de la hermandad de la Cena, se está favoreciendo el montaje de altares callejeros, así como la participación de numerosos grupos parroquiales y eclesiales, con el fin de dar mayor solemnidad y vistosidad a la celebración. No obstante, en mi humilde opinión, todavía falta mucho por hacer. En primer lugar, sería regresar la celebración a uno de los tres jueves que relucían más que el sol. En segundo lugar, incorporar imágenes letíficas al cortejo, léase Nuestra Señora de la Fuensanta, San Rafael, San Acisclo, Santa Victoria o las reliquias de los Santos Mártires de Córdoba. Es cuestión de discurrir, plantear opciones, negociarlas y llegar a acuerdos. Importantísimo, volver a la celebración por la mañana, ello permitiría mitigar los rigores del calor, a la vez que favorecería el regreso de los pasos participantes a sus respectivas sedes canónicas a una hora prudencial.

Francisco Román Morales


Foto portada: Costaleros de la Cena se arrodillan ante el paso de la Custodia. PacoRomán