Reflexiones heterodoxas | Hasday Iban Shaprut, un judío en el corazón del Califato

Corren tiempos en los que el anti sionismo se expande como un reguero de pólvora por Occidente, especialmente entre los movimientos radicales de izquierdas que, recurriendo a un sentimentalismo ñoño, lejano a cualquier tipo de razonamiento sereno y frío, han encontrado en la masacre de Gaza un filón que ha despertado sus deseos adormecidos de subvertir el orden mundial, en aras de una arcadia feliz que, casualidad, casualidad, nunca llega a alcanzarse cuando llegan al poder, todo lo contrario. Ahí tenemos los casos de Cuba, Nicaragua o Venezuela, por no echar mano a los clásicos de la URSS, China y tantos otros. La excusa siempre es la misma: es que no eran buenos comunistas, que se habían pasado al lado oscuro que es el capitalismo, porque la izquierda nunca se corrompe, siempre es pura y casta. En este contexto, quiero traer a colación una figura señera de la cultura judía del medievo, cuyo a cuyo recuerdo está dedicado el pasaje que bordea el mercado del Alcázar, con entrada por la avenida del Doctor Fléming y salida por la calle Martín de Roa, un gran desconocido en la actualidad, aunque es  reconocido en el mundo erudito y en la comunidad judeo-sefardí como una figura fundamental de la España del siglo X. Un hombre que, gracias a su tesón y talento, supo ganarse la confianza de quienes, por razones religiosas, culturales y hasta raciales, se situaban en sus antípodas, lo que no impidió que entablaran diálogo franco y sereno en orden a conseguir sus legítimos intereses. Se trata de Hasday ibn Shaprut (Jaén, c. 915 – Córdoba, c. 975) quien también está presente en el callejero de Jaén, Jerusalén y Tel-Aviv. Fue un médico y diplomático judío bajo el califato de Abderramán III y su hijo Alhakén II. Se trata de uno de los primeros personajes hispanojudíos cuya vida y obra se conoce con cierto detalle. Según el historiador del pueblo judío, Heinrich Graetz, fue el principal impulsor de la etapa conocida como Edad de oro de la cultura judía en España, marcando el principio de la floreciente cultura de la comunidad hebrea andalusí.

Comienza su formación en su Jaén natal, aunque siendo joven se traslada a Córdoba para ampliar su formación. Aprende hebrero, árabe y el muy culto y elitista latín, sólo reservado para la alta jerarquía eclesiástica cristiana. Esta circunstancia le valió el nombramiento, en 944, de delegado de Abderramán III en Bizancio. En esos momentos, explica la profesora de la Universidad de Jaén, Guadalupe Saiz, ejercía el cargo de secretario de Cartas latinas, un puesto que hasta entonces sólo habían desempeñado doctos mozárabes cristianos. También dominaba el balbuciente castellano del siglo X, lo cual le sería de gran utilidad cuando hubo de negociar con los reinos cristianos del norte peninsular.

Vista de la calle Hasday Ibn Shaprut desde la avenida del Doctor Fléming (Foto Paco Román)

Estudió también medicina, disciplina en la que alcanza merecida fama y reputación que traspasa las fronteras de Al-Ándalus. Uno de los hechos más conocidos de su trayectoria como galeno, fue la curación de Sancho I el Craso de León, a instancias de su abuela, la todopoderosa reina Toda de Navarra, preocupada por la obesidad mórbida de su nieto, además de buscarse aliados para imponerse en tierras castellano-leonesas. Con el consentimiento del Califa, Shaprut viaja a Pamplona, donde convence a la soberana para que Sancho viaje a Córdoba, donde podría ofrecerle un mejor tratamiento. Cuenta la leyenda que el monarca leonés tuvo que hacer a pie el trayecto entre Pamplona y Córdoba, por lo que debió llegar a nuestra ciudad algo rebajado de kilos, lo que favorecería su tratamiento y recuperación, aunque, al parecer, la realidad fue bien distinta, ya que la reina Toda, Sancho I y su esposa Teresa Ansúrez habrían viajado a nuestra ciudad, donde Hasday ibn Saprut trató a Sancho de su obesidad no permitiéndole tomar más que infusiones durante cuarenta días. Esta intervención permitirá a Sancho recuperar el trono de León, del que había sido depuesto por los nobles. A cambio, Abderramán recibió diez plazas de la zona del Duero, aunque en honor a la verdad, poco después, el rey leonés olvidó lo pactado y volvió a guerrear contra Córdoba.

Su otra gran faceta fue la de hombre de Estado. Debido a su condición de judío ostentó el cargo de “nasi”, esto es máximo responsable de las comunidades judías de Al-Ándalus. Junto a ésto, llegó a desempeñar las funciones equivalentes a lo que, en la actualidad, es un ministro de asuntos exteriores, aunque nunca fuera nombrado visir. En esta faceta desplegó una amplia actividad diplomática: En 949 recibió la embajada del emperador bizantino Constantino VII. Trató con la comprometida legación enviada en 956 por el emperador germánico Otón I, que llegó hasta Medina Azahara encabezada por Juan, abad de Gorze, con la que Hasday supo fajarse haciendo gala de su gran inteligencia, de modo que Juan de Gorze llegó a afirmar que: «nunca he visto un hombre de intelecto tan sutil como el judío Hasday«.

Monumento a Hasday Ibn Shaprut erigido en Jaén con Motivo de su 1100 aniversario. (Archivo Paco Román) 

Ya ha quedado anotada su participación en las disputas sucesorias surgidas en el reino de León a cuentas de la sucesión de Ramiro II por parte de su hijo Sancho. En este punto acudimos a la descripción que realiza el novelista Jesús Sánchez Adalid, en su obra titulada “El Camino Mozárabe”, puesta en boca de un fraile del monasterio de San Zoilo Armilatense, de la regla de San Leandro, llamado Justo Ebencio: Hasday Ibn Saprut era un  “…hombre sin par entre los servidores de los reyes, por su prudencia, sabiduría, cultura y sutilezael judío más preclaro de su épocaque, en modo alguno, era un hombre intransigenteÉl era un hombre de alma grande y abierta, incapaz por tanto de envenenarse como los ofuscados hipócritas .” En este maravilloso relato histórico, Hasday encabeza una misión diplomática al reino de León, para tratar con Ramiro II sobre las relaciones con el Califato andalusí después de la desastrosa batalla de Simancas, ocurrida en 939, en la que las tropas califales fueron destrozadas por el ejército cristiano que, entre otros trofeos, se habría apoderado de un valioso Corán perteneciente a Abderramán y que éste quería recuperar a toda costa. A lo largo de la trama, tenemos ocasión para disfrutar de la sagacidad e inteligencia de Hasday quien consigue salir triunfante de su misión, volviendo a Córdoba con un tratado de paz y el ansiado libro sagrado de los musulmanes.

A la muerte de Abderramán III en 961, Hasday pasa al servicio de Alhakén II, con quien tendría la oportunidad de desarrollar su labor científica y cultural al disfrutar del período más pacífico y fecundo de la dinastía Omeya de Al-Ándalus.


Foto portada: Rótulo de la calle Hasday Ibn Shaprut. Foto: PacoRomán