Reflexiones heterodoxas | Se va a cumplir un cuarto de siglo

Aunque no suelo contar batallitas de mi vida cofrade, en esta ocasión quiero traer a esta columna los recuerdos de un día muy especial de que, en la próxima Semana Santa, se cumplirán 25 años. Se trata de la única vez que la Santa Iglesia Catedral acogió, en su seno, a la hermandad de la Cena para realizar la estación de penitencia. Inenarrable, mi corazón salta emocionado al recordar aquellas jornadas preparatorias, comenzando por la “mudá”, realizada de forma poco cofrade pero a lo grande en la batea de un camión, lo que provocó la admiración de propios y extraños: aquel ensayo nocturno por las galerías del templo catedralicio, en el que sólo se oía el rachear de los pies de los costaleros y las concisas instrucciones del capataz; la salida al Patio de los Naranjos, donde el rumor de las fuentes se transformó en la improvisada granadera que marcaba el son de la marcha; el tañido solemne de las campanas que se cobijan bajo las alas protectoras del Arcángel Rafael, poniendo su particular contrapunto musical en la intimidad de aquella anticipación de la estación de penitencia; y el azahar que nos transportaba, siquiera momentáneamente, al cielo de la Córdoba eterna. 

El paso de misterio de la Cena dispuesto en la batea que lo trasladó hasta la Catedral, para realizar su estación de penitencia de 2001. Foto: PacoRomán

Como no podía ser de otra manera, el Jueves Santo amaneció luminoso, con ese color primavera de belleza quimérica, que sólo puede disfrutarse aquí, y que se nos antoja una transfiguración del Monte Tabor. Apenas entrada la tarde, los miembros de la Junta de Gobierno y los costaleros más “jartibles”, nos concentrábamos en el Bar Curro, para enfundarnos en nuestros respectivos hábitos nazarenos y dirigirnos en comitiva hacia el templo que San Fernando consagrara a Santa María. Lujo y categoría entre miradas atónitas y el cliquear de las cámaras fotográficas de los numerosos turistas que, en esos momentos, abarrotaban las estrecheces de la Judería. Sin embargo, las emociones sólo acababan de comenzar. La apertura del cancel catedralicio puso ante nuestros fascinados ojos la imagen de un Patio de los Naranjos multicolor, con cientos de almas esperando ansiosas la salida de la cofradía. Mutismo curioso, respiración entrecortada y murmullos cómplices ante el espectáculo que comenzaba a desarrollarse, sólo rotos por el rumor de las fuentes y los clics del enjambre de fotógrafos que pugnaba por lograr la mejor instantánea. Al cabo, el gemido metálico de la corneta anunciaba la inminente comparecencia del Señor de la Fe a los sones del himno nacional, seguido de la marcha “Triunfal”. 

El paso de misterio de la Sagrada Cena durante el ensayo por las naves catedralicias. Foto: PacoRomán

En cuestión de segundos, se pasó del silencio expectante a la explosión de júbilo que provocó la contemplación de la sublime majestad de Cristo, en el momento de dejarnos su legado más precioso e imperecedero: su propio cuerpo y su verdadera sangre. Sí, Dios estaba allí, entre las palmeras, cipreses y naranjos centenarios del antiguo patio de abluciones; al alcance de todo el pueblo sin distingo alguno de clases, credos o condiciones, como si el Hijo de Dios saliera a encontrarse con aquellos que se resisten a buscarlo en el Santísimo Sacramento. 

Un escalofrío recorrió el cuerpo de quien esto escribe, al transitar las antiguas calles por las que, en tiempos de corregidores, alguaciles, escribanos, alarifes, canonjías, prebendados e inquisidores, la vida cotidiana se regía por el toque de las campanas marcando el ritmo de las horas canónicas, y la Semana Santa se vivía a golpes de matraca, de flagelos de los hermanos de sangre, de antorchas de los hermanos de luz, de confesiones generales, de sermones multitudinarios en las mañanas de Viernes Santo, o asistiendo a ancianos y desvalidos en los numerosos hospitales que sostenían las hermandades cordobesas. Hermandades que tenían poder hasta para cambiar la trama urbana de la ciudad, como ocurrió en la vecina plaza del Potro, modificada para construir el hospital de la Santa Caridad, origen de la hermandad de esta misma advocación. Por cierto, cuando la Legión embocó hacia la plaza de San Francisco, los miembros de la Agrupación Musical de la Redención debieron comprimirse con premura, para evitar ser arrollados por los nietos de Millán Astray. También vivió momentos comprometidos la reportera de Andalucía Directo quien, en su afán informador, prácticamente se metió debajo del paso, saliendo maltrecha, tras aspirar los efluvios de los cuatro turíbulos que iban incensando el caminar del Señor de la Fe.

Altar de insignias preparado para la estación de penitencia. Foto: PacoRomán

Fue un Jueves Santo que, por aquellas fechas, pensaba que nunca volvería a repetirse pues, a partir del año siguiente, estrenábamos nuestra flamante sede canónica del Beato Álvaro de Córdoba. En el fondo de mi corazón, deseaba volver a vivir las sensaciones de aquella primera ocasión en la que atravesamos la Puerta del Perdón, en la que no cabía un alfiler en el Patio de los Naranjos cuando, de regreso, pasábamos debajo de la torre labrada por Hernán Ruiz para embocar la entrada por la Puerta de las Palmas. El numerosísimo público presente pugnaba por conseguir el mejor lugar para ver entrar al Amor de los Amores en el primer templo de la diócesis. Tuvimos que esperar dieciséis años para que aquella escena volviera a repetirse, con el traslado de la carrera oficial al lugar que nunca debería haber abandonado. Y hubieron de pasar seis años más, para que ese momento se tornase en una gozosa tradición con la participación de nuestro paso de misterio en la primera procesión de la ciudad: el Corpus. Una festividad que debería retornar a su día, esto es, el jueves. A partir de 2023, la representación de la escena que conmemora la Última Cena, acompaña a Nuestro Señor derramado su Cuerpo, su Sangre y todo su Ser por las calles de esta vieja Córdoba que todavía anda añorando antiguos esplendores, sin darse cuenta de que la mirada hay que dirigirla siempre al frente, porque la única grandeza a la que podemos aspirar en este mundo, es la que Cristo nos ofrece a través del pan y del vino. ¡Lo demás… son quimeras!  


Foto portada: Momentos previos a la subida del paso a la batea que lo devolvería hasta la casa de la hermandad de la Cena. Foto: PacoRomán