Veinticinco años de recuerdos por obra y gracia de Jesús de la Redención

Dicen los eruditos que veinticinco años en tiempos de hermandades no supone nada del otro mundo y sin embargo, representa todo una vida para las cofradías que miden por décadas y no por siglos su existencia y sobre todo para las personas que las componen y que se han ilusionado, han soñado y han sufrido buena parte de sus vidas entre las cuatro paredes simbólicas que poco a poco han ido forjando la memoria colectiva de la hermandad que han contribuido a construir.

Veinticinco años de recuerdos, de sonrisas, de esperanzas, y en ocasiones de decepciones, qué duda cabe?. De múltiples historias materializadas en miles de destellos, detalles insustituibles, que han sembrado paulatinamente su semilla en el corazón de sus auténticos protagonistas, los hermanos que configuran su patrimonio humano, verdadera riqueza de las cofradías, a veces olvidado por quienes parecen obviar que una hermandad que desdeña su pasado queda irremediablemente vacía, por más que se preñen las vitrinas de bordados y orfebrería.

No es el caso de la Estrella, hacia donde quiero dirigir esta semana el foco de mi luz interior, una hermandad viva, en el más amplio sentido de la palabra, consciente de su pasado y de que es sobre esa base, como se edifica un futuro con sólidos cimientos.

Una hermandad que se halla inmersa en la celebración del XXV aniversario de la bendición de su titular cristífero, Nuestro Padre Jesús de la Redención, que aún reserva dos hitos esenciales, el Vía Crucis de las hermandades y la solemne eucaristía que ha de servir de broche de oro a una conmemoración íntima y dotada de un genuino sabor a Hermandad, tal y como ha querido la Junta de Gobierno que preside Juan Rodríguez Aguilar.

Esta semana, la corporación de la Huerta de la Reina, ha querido añadir una nueva variable en esa magnífica ecuación que viene resolviendo desde que iniciase la celebración de esta efeméride. Una exposición “sencilla pero en la que se puede ver todo lo que la hermandad ha ido haciendo, cronológicamente, durante estos veinticinco años”, en palabras de su propio hermano mayor. “Una historia breve pero intensa labrada con el sacrificio de muchos hermanos”.

Una interesante muestra que recoge las cabezas de un sanedrita, de los dos romanos actuales y la de Caifás; dos cuadros, el óleo del XXV aniversario y otro cuadro ejecutado en punto de cruz por José Manuel Ayllón; las primeras manos que tuvo el Señor y que al quedarse pequeñas fueron sustituidas por las actuales, cuatro carteles en los que con fotografías y leyendas se informa de los distintos momentos de la ejecución del paso de misterio; una vitrina que atesora el cordón, el broche, los gemelos y las potencias de salida; el guion del tramo de paso de cristo, con el paso vestido para la salida, los ciriales, el senatus, las bocinas y paños, el libro de reglas, el guion de juventud y la cruz de guía, auténticas joyas, todas ellas, que forman parte de la historia, no ya de la hermandad, sino de todos y cada uno de los hermanos que la integran. Y en el centro de todo, como no podía ser de otro modo, la verdadera joya de la exposición, el busto del Redentor en barro junto el llamador del paso, cedido por el imaginero de cuyas manos nació, Miguel Ángel González Jurado.

Una muestra cargada de detalles, un recorrido por la memoria colectiva de una hermandad y un barrio, que cambiaron de manera decisiva, para siempre, hace ahora veinticinco años y que nuestro compañero Antonio Poyato ha recogido en una excelente crónica gráfica para conservar para siempre en la retina. Un rosario de pequeños elementos simbólicos que componen veinticinco años de recuerdos por obra y gracia de Jesús de la Redención.