A paso mudá | ¿Piratas todavía?

Era cuestión de tiempo. En plena primavera de 2025, cuando uno pensaba que el debate podía haber evolucionado o, al menos, encontrar cauces razonables de convivencia, la realidad vuelve a golpearnos con la misma crudeza que años atrás. Y es que lo vivido este fin de semana en distintos puntos de nuestra geografía cofrade ha sido, sencillamente, un despropósito. O peor: un retroceso.

Los “piratas”, como se les suele llamar en ese eufemismo casi romántico, han vuelto a campar a sus anchas. Pero no hablamos ya del muchacho que quiere sacar un paso por ilusión o devoción, sin sitio ni hueco en su hermandad. Hablamos de verdaderas cuadrillas paralelas que actúan sin control, sin respeto, sin vínculo alguno con la estación de penitencia. Personas que se colocan bajo un paso como quien entra a una discoteca: sin formación, sin dirección espiritual, sin conciencia de lo que están representando.

Se ha hablado mucho de “abrir las puertas”, de evitar elitismos, de no dejar a nadie fuera. Y, por supuesto, esa es una parte de la solución: integración, pedagogía, acogida. Pero una cosa es abrir y otra permitir el asalto. Porque esto, lo que se ve cada Cuaresma, no tiene otro nombre. Han robado el sentido. Han desdibujado el mensaje. Han hecho suyo lo que debería ser de todos, desde una lógica del espectáculo, no desde la fe.

Y la pregunta que lanzamos en 2023 sigue sin respuesta: ¿quién pone el límite? ¿Dónde está la frontera entre la inclusión y el descontrol? ¿Por qué tantas hermandades siguen mirando hacia otro lado, incluso sabiendo que hay quienes se colocan sin haber pasado por un cabildo, sin haber compartido una sola misa o sin saber ni siquiera a qué advocación están sirviendo?

Esto no va de “meter a todo el mundo”. Va de formar, de preparar, de implicar. Va de devolverle a la Semana Santa el valor que tiene como expresión pública de fe, no como pasarela de emociones personales mal gestionadas. Va, en definitiva, de cuidar lo que decimos amar.

Si no lo hacemos pronto, los piratas ya no serán la excepción, sino la norma. Y entonces no quedará nada que salvar.