Dispuesta a derramar su aroma por los senderos que conducen a la Catedral

Son múltiples las señales que vaticinan el ocaso de la Cuaresma, la misma que se va difuminando paulatinamente a medida que la luna va creciendo en nuestros corazones. Señales como la presencia de las dolorosas entronizadas en sus respectivos pasos de palio, anunciando lo que está a punto de acontecer. Es el caso de la Virgen de Piedad que ya luce esplendorosa en su altar itinerante, maravillosamente ataviada por su vestidor Manuel Jiménez, como solamente su mano es capaz de hacer, para derramar su aroma por los senderos que conducen a la Santa Iglesia Catedral.

Para la ocasión, la Virgen luce dos encajes de punto de aguja del s. XIX y blonda de seda recamada en hojilla de plata con un lyon de oro sobrepuesto, igualmente del s. XIX. El pañuelo, por su parte, es de Bruselas con aplicación de aguja. En su pecho, a falta del puñal, se pueden observar cuatro mariquillas de oro con pedrerías de zafiros brillantes y rubíes, cruz pectoral de oro con perlas cultivadas, medallita de oro con la imagen de María Auxiliadora y alfiler de oro con la advocación de la dolorosa salesiana. El resto del ajuar se complementa con la saya y toca de sobremanto de salida y la cinturilla bordada en oro por Francisco Pérez Artés según diseño original de Antonio Garduño.