En una casa de Triana, de cuyo nombre no quiero acordarme…

Entrar en una casa de Triana es como probar la aceituna “aliñá” de tu tío acompañada de una cerveza bien fría, o sea, sentirte como en tu hogar. Añejo y sin pérdida alguna de las costumbres que vienes observando durante toda tu vida. Estar donde tú quieres y donde te quieren. Además, el término “Triana” es un sentimiento puro y castizo que se siente nada más pasar por la capilla del Carmen. El pasado sábado, a Dios Gracias, tuve la suerte de estar en una de ellas. Ya que en varias de las anteriores visitas que había realizado en el afamado barrio jamás entré. No por nada, más que mera casualidad.

La entrada era pequeña, pero consistente, como el resto del piso, ya que los pisos de Triana no es que se diga que sean muy grandes. Se contemplaba una diminuta despensa que es tapada por dos celosías de color blanco a mano izquierda. Justo enfrente se encuentra el baño de dimensiones reducidas, pero al que no le faltaba ningún tipo de detalle. Al fondo de este pasillo se hallaba un cuarto ya que el otro, que era de matrimonio, se encontraba al otro lado del salón. La cocina hacía de recodo entre este cuarto. El salón se encontraba enfrente del tabique que separaba el baño de la cocina. Entrar allí es como entrar en la capilla que cada trianero tiene en su corazón, en el que nunca falta, por supuesto, la Esperanza. Que se encontraba en la pared derecha. En la otra pared, como no podía ser menos, lo miraba un retrato del Santísimo Cristo de las Tres Caídas.

Al frente una estantería que vestía el mueble en el que apoyaba la televisión. En ella se encontraban miles de recuerdos, el abuelo de la familia vestido con la túnica de la cofradía de la calle Pureza, el tío con la sobrina, la abuela al recoger un cuadro de honor en la capilla con el que sería por entonces el hermano mayor, la familia en una carreta del Rocío, un cirio derretido de la coronación de la virgen. En definitiva, una veintena de recuerdos guardados a través del árbol genealógico. Y en la última balda de la repisa, Una pequeña imagen de la virgen del Rocío de la que colgaba una medalla de plata con un cordón verde de la hermandad de Triana. La decoración de la casa no salía de la Esperanza de Triana y del Rocío del mismo barrio. Por lo que se ve, su vida se trataba de eso. No había más.

Porque sí que es verdad que el acontecimiento de que salga una virgen de Triana a coronarse, es algo épico, por cómo se vive, pero las tornas cambian si la que sale es la Esperanza, dueña de los corazones del barrio. Que sí, que las calles de la barriada más conocida estaban llenas, que no se cabía ni un alfiler. Pero que, si sale la Marinera, como a mí me gusta decirle desde el cariño, las calles rebosan. Algunas veces – En su mayoría, por desgracia-, nos creemos que una coronación es el boom perfecto para que se dé a conocer una hermandad o una imagen, y es verdad, aunque por desgracia solo por unos días. En Triana, como en sus casas o en su vida, la que navega cada noche en los rezos es la Esperanza. Por mucho que quieran aparentar.