Cuando, ya, contamos con los dedos de una sola mano, los días que restan, para que dé comienzo el Miércoles de Ceniza, y por consiguiente, el tiempo litúrgico de la Cuaresma, este, nuevo periodo, para el católico, no debe de ser de cuenta atrás, para que dé comienzo la Semana Santa y quedarse perennemente, estático, anclado y fijado en la misma. Por el contrario, la Cuaresma es una época para una preparación intensísima hacia la Pascua de Resurrección, “y si Cristo no ha resucitado, vana es entonces nuestra predicación y vana también es nuestra Fe” (1 Corintios 15,14)
En cambio, para poder dirigirse hacia la Pascua, existe un procedimiento o un camino, que los cristianos debemos de proseguir, y en el curso, en busca de la Pascua de Resurrección, antes, nos encontramos con la Cuaresma, siendo el pistoletazo de salida, de la misma, el Santo día de Miércoles de Ceniza.
En este día Santo, del Miércoles de Ceniza, es donde pretendo detenerme, y más concretamente, en el Rito de la imposición de la ceniza, que se realiza a todos los que participamos de la Santa Misa.
La ceniza o polvo, es un signo penitencial. Al igual que, el ayuno, la abstinencia, el dar limoná, el vestirse con ropas penitenciales o aplicarse algún tipo de dolor físico, por medio de cilicios o instrumentos similares. El cubrirse con ceniza, constituye una acción enteramente penitencial “Y llegó la noticia hasta el rey de Nínive, y se despojó de su vestido, y se cubrió de cilicio y, se sentó sobre ceniza” (Jonás 3,4). El conjunto de acciones, se llevan a cabo por y para arrepentimiento, dolor, y expiación de los pecados, y para que nos ayude a convertirnos nuestro corazón, así como ofrenda a Dios.
El Rito de la Ceniza, comienza, en primer lugar, con la bendición, por parte del que preside la Misa, de las cenizas, que serán impuestas. Posteriormente, uno a uno, de los congregados en la Eucaristía, se acercan para recibir en la frente y con la señal de la Cruz, la ceniza. Mientras, se impone la misma, se recita, a elección del que preside, la celebración, una de estas dos citas de las Sagradas Escrituras: “Conviértete y cree en el Evangelio” (Mc 1,15) o “Acuérdate de que eres polvo y al polvo volverás” (Gen 3,19). Esta última, me parece más adecuada, y voy a pasar a explicar porqué.
“Acuérdate de que eres polvo y al polvo volverás” (Gen 3,19), en absoluto, me parece la más adecuada, por lo funesto, lo tétrico o por la efímera que es la vida, pudiendo parecer esto. Me parece, que es la cita más adecuada, para que comience la Cuaresma, porque se trata, del sitio que ocupamos, ante la omnipotencia o grandeza de Dios. ¿Qué es lo que somos al lado de Dios? Pues, polvo.
Así pues, para que en esta Cuaresma, haya una verdadera conversión de corazón, hacia nuestro Dios, lo primero de todo es saber quién es usted. Al hacerte esta pregunta, existe dos opciones diferentes: “Creerse usted que es como Dios” (pecado de Adán y Eva) o por el contrario, que usted es criatura de Dios, y toda la existencia, ser, acciones y todo depende enteramente de Dios. Por consiguiente, encuentre su lugar, y aprenda quién es usted de verdad, siendo esta cita de las Sagradas Escrituras, iluminadora para hallar respuesta.
Nuestro Padre en la Fe, Abraham lo entendió a la perfección “Y Abraham replicó y dijo: He aquí, ahora me he atrevido a hablar a mi Señor, aunque soy polvo y ceniza”. (Gen 18, 27).





