El pasado Domingo viví una experiencia única. De las que solo se pueden vivir una vez en la vida. De las que se quedan momentos guardados en el baúl de la memoria y que salen a relucir en las tardes de contar “viejas batallitas”. Contemplé con mis ojos, que más de una vez se pusieron acuosos a costa de las lágrimas que ciertos instantes pedían al ver como se vive en otra hermandad que procesiona el mismo día que mi cofradía de cuna. Pude ser una pequeña parte del centenario de una hermandad. Tuve la gran suerte de pasear al señor de la Expiración por las calles de Córdoba de forma esplendida. Pero, lo mejor vino después. Cuando llegué a mi casa y me senté a descansar después del día tan largo que pasé. Pensando, me di cuenta de una gran persona que esta callada de muchos remolinos costaleriles, sin entender muy bien el porque de ello.
Hay que ver lo callado que esta el nombre de Ángel Carrero en el mundo del costal. Un capataz, con todas las letras. Lleva a la perfección a cada uno de los ámbitos, tiene conocimientos y los emplea cada vez que toca el martillo. Además, sabe lo que quiere y como lo quiere delante y debajo del paso del señor de la Expiración, que no es más, que una familia. Demuestra su ben hacer en cada ensayo llevando a la perfección cada chicotá y analizando cada ensayo. Como tiene que ser. Realiza un trabajo más que exhaustivo. También, cuenta con un gran equipo a su alrededor que además de sus curtidos conocimientos demuestra en el trato su buen corazón. Son personas que no les pesa el llamar un martillo, que se sienten costalero a día de hoy y que los trajes de negro, por lo que demuestran, no le pesan a la hora de tratar con ellos.
Me acogieron como se acoge a un familiar cercano en su casa y me enseñaron su corazón, su alma y su vida en sí. Aprendí a querer, una vez más, el amar el oficio costalero porque como dije antes se sienten costaleros a día de hoy. Mi despedida fue dura porque no me quería ir de allí, no quería que acabase ese Domingo, no quería separarme de mis amigos debajo de las trabajaderas. Me siento orgulloso de haber aportado mi granito de arena en tal recalcada fecha. Me siento orgulloso de haber encontrado unos amigos tanto en la cuadrilla como los capataces.
Ese día me acordé de una persona que nunca conocí pero, de la forma que hablaban ellos me hubiera encantado haberla conocido porque era como esa familia, o sea, que tenía un gran corazón y lo demostrada en cada palabra. Pero no conocerlo no me hizo falta para haberle cogido cariño, se perfectamente que Luis fue la persona que abrió el cielo para verle la cara al Señor y que cuando nos vinieron los momentos más duros era él quién nos mandaba la fuerza desde el cielo. Luis no murió, él estaba presente entre nosotros y lo puedo afirmar, yo toqué su costal.





