El capirote | Excesos

La conformación de una realidad viene en ocasiones supeditada al contexto en el que se enmarca. Esto es, varios factores pueden determinar si la opinión pública abraza o desprecia una idea concreta.

La visita de la Piedad del Baratillo a la Esperanza de Triana fue tomada como un reclamo por gran parte del mundo cofradiero, que entendió que cruzar el puente y visitar a la corporación de la Madrugada era el punto clave de la procesión. El argumento esgrimido por la del Miércoles Santo era devolver la visita que cada mañana del Viernes realiza la radicada en la capilla de los Marineros. ¿Qué habría sucedido si tan solo la dolorosa coronada hubiera recorrido las calles de su barrio? ¿Habría quedado como una coronación más? ¿Se escogió la visita a la Esperanza porque se conocía que por aquel hecho histórico (otro invento de la posmodernidad) sería recordada?

A la procesión extraordinaria le faltaron elementos y le sobraron otros. Por ejemplo, los participantes del cortejo que nada más llegar a la plaza Nueva acabaron abandonando el recorrido, cuando tan solo había transitado por la avenida de la Constitución. Una procesión lenta, que hacía esperar alrededor de una hora para contemplar el cortejo. Si en Pureza no cabía un alma, el regreso a su barrio fue con unas calles semivacías, entrando el paso rozando las cuatro de la mañana. ¿Quién se ha encargado de la organización? Así se entiende la fugaz visita a la capillita del Carmen, que fue más que un saludo un visto y no visto.

Tampoco hay unanimidad en la visita a la plaza de Toros. Se habría entendido un saludo a la capilla de la misma, situada unos metros más hacia adelante, pero llegar hasta la misma puerta de la plaza conocida por unos como la catedral del toreo y otros como la de la sangre, ¿qué sentido tiene? Caso aparte merece el nivel de la banda del Sol.

Llegados a este punto cabe preguntarse, ¿por qué somos tan permisivos con unas cofradías y, en cambio, con otras, aceptamos a pies juntillas la decisión que tomen?