Suspiró el querubín al respirar el incienso que salía de la parroquia que da nombre al barrio y allí entró para asombrarse de un magnífico besapiés en honor del antiguo Crucificado de la Sangre, que cada año es diferente y nunca deja indiferentes a los fieles que allí acuden.
Suspiros alados por algún capataz que siempre fue sobrado de personal y que este año teme no poder volver al templo del que tiene que salir sin pasar penas y apuros.
Suspira el ángel porque no sabe si los que dicen que han cambiado el altar han tocado solamente lo que dicen que han tocado o si, como dicen los que ya no están, se ha tocado de más y sin consultar a quienes hay que consultar para tocar el altar.





