Érase una vez un príncipe destronado. Un heredero puesto a dedo que traicionó a su predecesor, como había traicionado a casi todos a lo largo de su vida, aunque años más tarde le regalase un título honorífico, a modo de compensación barata, como aquellas baratijas que cambiaban por oro en el pasado colonial. Un príncipe que había construido toda su existencia alrededor de la corte y que ahora, privado del trono del que tanto se sirvió y desde el que tanto abusó, observaba desde la distancia como el reino progresaba lejos de su presunta omnipresencia. Un gobernante totalitario, dictador al fin y al cabo, que enarbolaba su poder bajo el mantra de la presunta lealtad lo que no era más que miedo a ser expulsado del paraíso.
Muchos fueron los muertos que quedaron en la cuneta. Otros, malheridos y proscritos, vagaron por el sendero del ostracismo, soñando con un futuro diferente. Y aunque algunos desfallecieron, un giro imprevisto de los acontecimientos, una auténtica jugada maestra del destino, llevada a cabo por un estratega inesperado, aplicó una memorable dosis de justicia poética contra quienes habían previsto seguir reinando por los siglos de los siglos. Y repentinamente, quienes habían detentado el poder, como auténticos déspotas ilustrados, dieron con sus huesos en el fondo del abismo.
La enrabietada y furibunda tempestad desatada, de insultos, improperios y cobardes ataques, por la fiel jauría abocada al destierro de su odio no surtió el efecto deseado y el pueblo, el mismo que vivió sometido demasiado tiempo, optó por un nuevo rumbo de esperanza. Comenzado el nuevo sendero, muchos retornaron al Edén. «Colonizado», dijeron algunos. Otros descubrieron, asombrados e ilusionados, que lo que antaño fue un cortijo prácticamente privado se había convertido en un potencial hogar con las puertas abiertas de par en par.
Y el príncipe destronado se atrincheró tras su guardia pretoriana, esperando un descalabro, un error cualquiera que sirviese de excusa barata, para pasar grotescas facturas a los nuevos gobernantes. Pero hace mucho frío fuera del Edén. Y mucho más cuando los lógicos y humanos errores resultan tan insignificantes que carecen de peso efectivo, puestos en la balanza de los acontecimientos y de la verdad, frente a los evidentes nuevos vientos de aire fresco que comenzaron a soplar con fuerza en el reino liberado.
Y el príncipe, pataleando como un patético niño mimado, ridículamente infantil, al que le han arrebatado su juguete, escupió su esperpéntica rabia porque alguien había olvidado volver a escribir su nombre, antaño imprescindible, con letras de oro. Sin saber que, dentro de nada, su recuerdo no será más que eso. Un nombre escrito en los libros del pasado que no lee nadie, olvidado por quienes vivirán en el reino, por mucho castillo que se edificase bajo su yugo o por mucha corona que se adquiriese bajo su pontificado. Porque, queridos niños, el tiempo pone a cada cual en su sitio y a cada cerdo le llega su san Martín.
Y colorín colorado, este cuento se ha acabado.
PD: Si el príncipe o los miembros de la corte necesitan aclaración de algún término, no duden en acceder a este enlace.





